Por: Ozgur Dikmen*
Se cumplen 70 años de la fundación del Estado de Israel. Han pasado 50 años desde la ocupación israelí de Jerusalén. Sin embargo, los israelíes aún tienen posiciones divididas sobre el reconocimiento de Jerusalén como la capital de su país por parte de los Estados Unidos. No todo fue fervor y aplausos cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaró el reconocimiento otorgado a Jerusalén por el presidente de EEUU, Donald Trump, como un “momento histórico”.
Por otra parte, las discusiones sobre el futuro de Israel ahora incluyen un sinnúmero de preocupaciones. Para muchos, Jerusalén significa el choque de la identidad israelí y la identidad judía, la división no solo entre palestinos e israelíes sino también entre la derecha y la izquierda israelí, los ultra ortodoxos y los seculares, los activistas liberales y los colonos sionistas. La decisión de Trump está sin duda acrecentando la hoguera en vez de “hacerle justicia a Israel al reconocer una capital judía de siglos de antigüedad”, como afirma la derecha en Israel.
Cuando el fundador del movimiento sionista, Theodor Herzl. visitó Jerusalén por primera vez, escribió en su diario: “Cuando te recuerde en los días venideros, oh Jerusalén, no será con placer”.
Los primeros sionistas no tenían mucho entusiasmo por Jerusalén, mucho menos la consideraban la futura capital de un Estado judío. En vez de esto, los fundadores de Israel tenían una relación “reaccionaria” con ella. Cuando las Naciones Unidas aprobó un plan para dividir a Palestina en dos Estados, el 29 de noviembre de 1947, dejó a Jerusalén fuera de la ecuación, pues querían que la ciudad fuera administrada internacionalmente.
Tras aceptar el plan, el primer ministro de Israel, David Ben-Gurion, señaló que la pérdida de Jerusalén como parte de Israel era el precio por tener un Estado judío en Palestina. Cuando decidió trasladar la capital a esta ciudad en 1949, muchos de sus allegados se opusieron a la idea porque sería un “error fatal y una provocación innecesaria a la ONU”. Sin embargo, Ben-Gurion insistió en que Israel debía ejercer soberanía sobre la parte occidental de Jerusalén para prevenir la internacionalización de la ciudad.
Aunque sus voces no estén siendo escuchadas hoy en medio del fervor mesiánico, muchos israelíes consideran que reconocer a Jerusalén en el contexto actual es una aparente aprobación de la anomalía y la irresolución del conflicto entre palestinos e israelíes que envenenará a la sociedad israelí por muchas generaciones más. El conflicto político y social en y alrededor de la ciudad no debe ser ignorado con el controversial reconocimiento, el cual no aporta nada a un potencial proceso de paz.
Las memorias de la intifada siguen presentes en el público israelí. Cualquier moción unilateral podría conllevar a una nueva ola de violencia, y esto es lo menos deseado. Por otra parte, cualquier cambio en la postura estadounidense sobre Jerusalén tiene el potencial de desestabilizar a Mahmoud Abbas y la posición jordana. Desde el punto de vista de muchos israelíes, esto podría servir para promover el odio a Israel e incluso crear una incubadora para organizaciones terroristas como Daesh y Al-Qaeda.
El factor Trump también juega un papel importante en el rechazo de los israelíes que se oponen a la moción. Según ellos, Jerusalén no debe ser entregada en bandeja de plata, como un regalo político, a un presidente estadounidense abiertamente racista. En este aspecto, algunas facciones de la comunidad judía estadounidense son elementos inevitables de la política israelí y sus voces no están siendo escuchadas en medio del barullo. No obstante, consideran la moción altamente contraproducente para el reconocimiento, ya que destruye la solución de dos Estados. Un reconocimiento verbal de Jerusalén como la capital de Israel, junto al traslado de la embajada, parece ser una táctica altamente riesgosa para alguien que dice que “logrará un trato” en uno de los conflictos más multifacéticos del mundo.
Al contrario, pareciera que está preparando pretextos para el futuro fracaso del proceso. Es más, cualquier moción unilateral por parte de Trump conllevará a un mayor aislamiento de Israel en la arena internacional, teniendo en cuenta que Trump ha aislado cada vez más a su propio país. Antes de su discurso, muchos políticos alrededor del mundo expresaron su disgusto con respecto al reconocimiento.
Otro aspecto de este reconocimiento es que muchos lo consideran como otra instancia de los EEUU para mostrar su apoyo a Benjamín Netanyahu. El actual gobierno de Israel atraviesa una crisis debido al caso de corrupción contra el primer ministro. Un tema explosivo, tal como lo es el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, ha permitido la supervivencia política de Netanyahu.
Hay dos escenarios posibles en el horizonte, y en ambos Netanyahu parece salir ganador. Junto al traslado de la embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén a principios de mayo, las protestas palestinas se podrían tornar violentas con cada intervención de las Fuerzas Armadas de Israel, lo cual deteriorará las ya pésimas relaciones con Palestina. En este caso, Netanyahu tendrá que probar su punto: que los palestinos nunca han querido la paz. Si el segundo escenario se materializa y la situación se calma, Jerusalén será reconocida como la capital de Israel. Sea como sea, Netanyahu seguirá brillando, pero esto no llevará a nada, solamente lo hará parecer más fuerte de lo que es, garantizando así futuras victorias políticas.
El reconocimiento otorgado por EEUU afirma la posición de Israel como un Estado vasallo, cuya soberanía sobre un área determinada debe ser confirmada por el “jefe”. En este aspecto, para muchos Trump no ayudó a Israel al escoger a Jerusalén como roca de su existencia; lo único que hizo fue ayudar a Netanyahu a consolidar su posición. El reconocimiento de Jerusalén como capital sin una frontera mutua acordada siempre ha estado y siempre estará fuera de la mesa de negociación, ya que solo sirve para hacer aún más complejo el conflicto, lo cual es perjudicial para Israel.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan la política editorial de la Agencia Anadolu.
*Ahmed Fawzi Mostefai contribuyó con la redacción de esta nota.
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