*Por: Phd. Gokhan Cinkara
Los jefes de Estado deben ser de los elementos más importantes de los sistemas políticos. Se cree que los líderes políticos afectan directa o indirectamente el destino de las sociedades donde establecen su poder. Los politólogos han analizado la influencia y las cualidades de los líderes, y los han clasificado en tipologías específicas. Según Thomas Hobbes, el liderazgo político puede asumir una forma de poder desenfrenada al estilo "Leviatán". En este sentido, según quienes comparten su pensamiento, el liderazgo es una institución que debe ser restringida en términos de poder e influencia. De acuerdo a otros pensadores, el liderazgo político se refiere a una situación determinada por amplios poderes que excede las intenciones y habilidades personales.
La primera década del siglo XXI se caracteriza por el surgimiento de jefes de Estado carismáticos en todo el mundo. Los politólogos llaman a este estilo político centrado en figuras carismáticas y la política dirigida al pueblo "populismo". Se sabe que las prácticas y el discurso de los líderes, junto con las demandas cotidianas y sencillas de la gente común y los deseos que las configuran, son el código básico de hacer política.
Una pregunta importante es si los jefes de Estado son realmente los principales actores de los procesos, eventos y transformaciones en la política actual. El poder, el dominio y la sabiduría absolutos de los líderes se destacan como una realidad dogmática a nivel de los pueblos, más evidente en la política populista. La principal cuestión es si esas características tan elevadas atribuidas a estas figuras reflejan la realidad.
La misión principal de los líderes en la política de representación democrática es asegurar la coordinación de las instituciones burocráticas. Para ello, deben asegurar la movilización de instituciones, élites y pueblos mediante la formulación de políticas. Al hacerlo, debe tener una posición en contra de las élites establecidas. Donald J. Trump en Estados Unidos, Viktor Orban en Hungría y Boris Johnson en Reino Unido sirven como ejemplos de este tipo de liderazgo.
El rasgo común de estas figuras políticas es que, aunque no provienen de un nivel social popular, sus argumentos populistas son fuertes. "¿Cómo se convirtieron estas figuras políticas de los círculos de la élite en los principales actores de la política populista?" parece ser una pregunta importante en este punto. Además, una mirada más cercana a los Estados gobernados por estos líderes revela que su deseo de estabilidad en la política exterior y su búsqueda de expansión geográfica contrasta con la polarización en los componentes políticos internos.
La realidad política y económica mundial tampoco obliga a estos jefes de Estado a emprender proyectos de reforma social. Como el ejemplo de Trump, el énfasis constante en las amenazas externas se utiliza como una herramienta útil para encubrir injusticias y fallas internas. Trump, Orban, Johnson y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, son expertos en convertir los sentimientos de las masas en capital político. El encanto de sus personalidades combinado con su pose heroica, llevan su liderazgo político a otro nivel. El que Trump sea visto como un "salvador" o Netanyahu como un "rey" (meleh) es fundamental para determinar la misión básica que la gente le atribuye a su líder.
El actual sistema político y económico global avanza hacia un cambio dramático. Especialmente con el impacto de la crisis financiera global de 2008 se profundizaron las reacciones sociales contra las élites y a favor de los líderes, se popularizaron las soluciones radicales y se empezó a dudar de las soluciones dialogadas.
Cuestionar la capacidad de poder del liderazgo en el siglo XXI significa poner a prueba la efectividad institucional de la democracia representativa: el poder político de las instituciones democráticas representativas nutre la legitimidad social. Aunque equilibrar, determinar y limitar el liderazgo a través de las instituciones proporciona un estilo de gestión estable, después de un tiempo, esto desencadena que los asuntos básicos no se ejecuten lo suficientemente rápido y correctamente. El liderazgo mecanizado por un lado y la sociedad dinámica por el otro tienen una relación tensa. Es posible decir que este sistema fue efectivo en el ascenso de Trump.
En el mundo actual, el liderazgo político tiene que lidiar con las instituciones, la sociedad y el sistema global en general. La naturaleza amplia y compleja del sistema global empuja a las figuras políticas a ser pragmáticos y realistas. La búsqueda del orden es una condición en los asuntos exteriores, pero no lo es en la política interior. Las severas tensiones internas en EEUU después del asesinato del afroamericano George Floyd por violencia policial, la lucha de poder de China con Hong Kong, los esfuerzos de Moscú para reprimir la oposición son ejemplos de esto.
Mientras que el carisma del liderazgo político garantiza la movilización social, el poder político obtenido se convierte en el factor principal en el avance de los procesos burocráticos. ¿Es esto suficiente para cambiar algo a nivel macro? Los factores que restringen el liderazgo crecen día a día debido a la globalización. La complejidad de la política mundial, los cambiantes componentes demográficos, culturales y psicológicos de la sociedad y, lo que es más importante, los avances tecnológicos determinan el alcance del liderazgo. Todas estas realidades muestran que la política ha alcanzado un nivel que excede la capacidad del individuo. Los cambios en la informática, la sociedad, los mercados financieros y el clima requieren la colaboración y los procesos colectivos dominados por el conocimiento técnico.
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Con todos estos factores en mente, hoy, en el último día de las elecciones presidenciales de EEUU, podemos decir que es más útil observar los bloques históricos, las estructuras culturales y los equilibrios geopolíticos para predecir la dirección de las decisiones del nuevo presidente, que enfocarse en el ganador. Las tradiciones traídas de una historia de siglos no solo determinan las relaciones entre los individuos, sino también la naturaleza de las relaciones entre el Estado y la sociedad. En este contexto, los presidentes electos por un máximo de ocho años tienen que tomar decisiones en el estancamiento y los protocolos de la burocracia política, legal y de seguridad estadounidense. Si estas instituciones no existieran, podríamos decir que el líder tendría que tomar ciertas decisiones dentro de los equilibrios culturales y las formaciones sociales. Estas limitaciones nos muestran que es preferible centrarse en el marco institucional en lugar del individuo.
Lo mismo ocurre con la política estadounidense. El enfoque continuo en el presidente nos da la ilusión de las cualidades personales como los principales determinantes de todos los procesos. Sin duda, el presidente tiene deberes y poderes ejecutivos. Sin embargo, la influencia de estos poderes para determinar la dirección de la política nacional es limitada.
Las desigualdades económicas, la pandemia de coronavirus y las amenazas a la seguridad en EEUU crecen día a día. Manejar situaciones interconectadas e impredecibles va más allá del presidente estadounidense y sus poderes. Entonces, ¿Qué debería esperarse de los presidentes de EEUU? Ellos tienen la oportunidad de obtener el apoyo popular para sus visiones políticas, económicas y geopolíticas dentro del país. Así, podrán liderar una serie de políticas integrales con el apoyo de los órganos legislativos. Por eso, elegir entre Trump o Joe Biden no es muy importante. La misión básica de los presidentes está limitada por procesos macro, las realidades de la economía global y la estructura social.
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*Phd. Gokhan Cinkara es investigador invitado en el Centro Truman de la Universidad Hebrea de Jerusalén y el Centro Schusterman para Estudios del Israel Moderno de la Universidad Brandeis. Se especializa en Israel, la política palestina, el mundo judío y las sociedades y la política de Medio Oriente.
** Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.
***Aicha Sandoval Alaguna contribuyó con la redacción de esta nota.
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