
El presidente de Estados Unidos sorprendió con el anunció de la no ratificación del acuerdo nuclear con Irán. Esto también representa un golpe adicional para el legado de Obama que, según Trump, dejó a EEUU y a sus verdaderos aliados en posiciones de desventaja y como consecuencia empoderó a sus tradicionales enemigos, principalmente a Corea del Norte e Irán.
Mientras la decisión de Trump deja al acuerdo con Irán en el limbo, se tendrán que restablecer o imponer nuevas sanciones para ese país, mientras el Congreso tiene ahora 60 días para decidir sobre esta cuestión.
Como Trump ha declarado, el meollo del asunto está muy lejos de la violación de Irán de cualquier cláusula del acuerdo nuclear y ahora descansa sobre el factor desestabilizante que Irán representa al desarrollar un programa balístico o por la intrusión agresiva y activa en los asuntos domésticos de sus vecinos Yemen, Bahréin, Siria y Líbano.
En consecuencia, para abordar estas dos transgresiones, Trump ha establecido medidas más firmes sobre el brazo militar ejecutivo de Irán, el infame Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC), que comanda una variedad de grupos paramilitares diseminados por la región y quizás más allá.
Estas medidas, que van desde lo militar hasta lo financiero, teóricamente están orientadas a limitar y, finalmente, invalidar las capacidades del IRGC y sus afiliados.
En consecuencia, mientras que Irán posiblemente escapará a los efectos adversos de las sanciones de Estados Unidos, Líbano y su cohibida economía no tendrán tanta suerte, ya que el Congreso estadounidense está a semanas de actualizar sus sanciones preexistentes contra Hezbolá, lo que solo puede ejercer más presión sobre Líbano y sus instituciones políticas y financieras arcaicas.
Las modificaciones a la existente Ley de Prevención del Financiamiento Internacional de Hezbolá, que fue aprobada durante la permisiva administración de Obama, vino después de que Hezbolá eludió con éxito estas medidas financieras.
Sin embargo, la alternativa de Hezbolá no fue simple ya que incluía una advertencia inicial implícita, seguida de una explosión no reconocida por ellos en un cajero automático, lo que dejó en claro a los bancos libaneses que el cumplimiento de estas sanciones ideadas por Estados Unidos los ubicaría igualmente en su lista negra.
Poco después, y a pesar de la plena cooperación del Banco Central libanés con la directiva del Tesoro de EEUU, Hezbolá recuperó su capacidad de canalizar dinero dentro y fuera del país, avergonzando aún más al Estado libanés, que irónicamente albergó a dos miembros de Hezbolá en su gabinete.
Rara vez los medios libaneses locales no bombardean con pronósticos y especulaciones que advierten al público de una inminente crisis económica, que parece aún más inquietante ya que la administración Trump se prepara para un enfrentamiento.
Según lo planeado, el nuevo proyecto de ley bipartidista en el Congreso, y aquellos que probablemente seguirán, solo servirán para poner restricciones y regulaciones adicionales sobre el movimiento de dinero, lo que a su vez inhibirá aún más al sistema bancario libanés que, desde el siglo pasado, ha usado las leyes de secreto bancario a su disposición para atraer inversionistas.
HSBC, multado por lavado de dinero y en proceso de reducir sus operaciones globales, no ve razones para mantener sus operaciones en el Líbano y por eso vendió su portafolio al Banco Blom. Esta medida le evitaría verse implicado en negocios turbios que pueden rastrearse a Irán y sus filiales.
Tal como están las cosas, los libaneses en general son rehenes de una serie de graves amenazas. En principio, el despiadado alboroto de Hezbolá en la región; en segundo lugar, un establecimiento gobernante corrupto e irresponsable que solo ha tenido éxito en imponer nuevos impuestos, pero ha fallado en idear un presupuesto público sostenible capaz de generar un desarrollo económico a largo plazo; y por último, un problema de refugiados sirios que solo puede empeorar con la falta de medidas gubernamentales locales y una crisis siria que tiene un futuro imprevisible.
En una audiencia en el Congreso la semana pasada, los miembros del subcomité que trata asuntos sobre las milicias respaldadas por Irán, pidieron a los especialistas que testificaran si creían que "Irán ve a algunos de sus aliados como colonias, especialmente en Irak". Los tres expertos confirmaron que, de hecho, Irán no los aborda como tal, y que cada uno de los cuales le da razones para justificar sus respuestas.
Irónicamente, Irán elige conscientemente no implementar una política colonialista por el mero hecho de que tal enfoque le implica invertir en el país en cuestión, ya sea impulsando su economía o protegiéndola de cualquier daño económico y militar.
La manera en que Hezbolá y sus manipuladores de la Guardia Revolucionaria Iraní, se han ocupado del Líbano hasta el momento, demuestra que rara vez se preocupan por su posición internacional o su futuro económico, y solo les importa que su rol les permita ejercer como armas ejecutivas de Irán en el Mediterráneo.
Sea como fuere, el Congreso de EEUU no necesita buscar más, ni consultar a los muchos expertos a su disposición para darse cuenta de que las sanciones financieras al Líbano podrían ser un inconveniente para Hezbolá, pero la víctima final de estas medidas será el debilitado pueblo libanés, que a lo largo de los años se ha domesticado y ha creído falazmente que Hezbolá, y el paquete que viene con él, es un problema regional que no tienen poder para abordar.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan la política editorial de la Agencia Anadolu.
*María Paula Triviño contribuyó a la redacción de esta nota.