

En un discurso el presidente Donald Trump presentó lo que describió como su plan para la victoria en Afganistán. Pero el plan y el discurso parecían ser más sobre Trump, sus intentos de supervivencia política y su apuesta a la reelección, que sobre ganar en el país asiático.
El plan de Trump se dio tras semanas de charlas con sus ministros y generales, finalizando con una serie de sesiones cerradas en el resort presidencial de Camp David.
Desde 2013, el presidente había descrito la situación en Afganistán como “una guerra de pérdidas”, y en ocasiones tuiteó “salgámonos [de Afganistán]”, un llamado que Trump dice fue resultado de su instinto.
Pero ahora, tras haberse sentado en el Despacho Oval y haber consultado con sus generales, Trump dice que ha cambiado el curso de acción y ha roto su promesa de sacar las tropas de Afganistán. Entretanto, el mandatario ofreció un plan para la victoria que los estadounidenses se merecen, aunque, exceptuando el hecho de mantener en secreto el número de tropas en Afganistán, el plan del presidente no tiene nada de nuevo en comparación a planes anteriores.
Desde su elección, Trump ha mantenido su promesa de salir de Afganistán y al mismo tiempo, ha delegado las decisiones militares a sus generales. La Casa Blanca dejó de anunciar el número de tropas en Irak y Siria, diciendo que los recursos para derrotar a Daesh deben ser manejados por el Departamento de Defensa, el cual es encabezado por primera vez en décadas, por un general.
Aunque pareciera que Trump estaba dejando las decisiones militares a los expertos, en realidad estaba evadiendo responsabilidades como la persona a cargo de apoyar políticamente a los generales. Al dejar la guerra contra Daesh a los militares, Trump técnicamente abandonó su papel como el líder que decide cuáles guerras pelear y qué recursos destinar a cada uno de estos conflictos.
Relegar las decisiones en Irak y Siria a los militares fue fácil. Después de todo, existe el consenso en EEUU de que Daesh debe ser derrotado.
Pero la guerra en Afganistán es diferente. La mayoría de los estadounidenses consideran que ese país no representa un peligro inmediato a su país ni a sus intereses, y ese país también está lejos de recuperarse o de ganarle a EEUU. Además esta se ha convertido en la guerra más larga en la historia de la nación norteamericana, y los estadounidenses parecen haberse rendido en su meta de salvar a Afganistán, aparentemente irreparable.
Entonces Trump dijo que el Despacho Oval lo había cambiado y, para quedar bien, prometió que su país no volverá al negocio de reconstruir naciones. No obstante, esta misión fue abandonada hace ya 10 años, cuando el expresidente, George Bush, ordenó “aumentar las tropas” en Irak. El sucesor de Bush, Barack Obama, mantuvo la táctica de su antecesor y la implementó en Afganistán, donde ordenó enviar más tropas con el fin de restablecer el dominio de Kabul sobre las ciudades pequeñas y el campo. Así los talibanes comenzaron a esconderse.
Cuando las tropas estadounidenses empezaron a volver a casa, los talibanes surgieron de nuevo, llevando a Afganistán al caos en el que se encontraba. Cuando Trump llegó a la presidencia, las fuerzas armadas de Estados Unidos estaban esperando los nuevos planes para Afganistán, ninguno de los cuales incluía un retiro completo de las tropas por miedo a que el país se convirtiera en un refugio para terroristas, de donde pudieran lanzar un atentado similar al del 11 de septiembre del 2001.
Se reportó que Trump inició su sesión criticando a los generales por sus fallas en Afganistán y exigiendo el retiro de las tropas en ese país. Parece que los generales le respondieron y le hicieron entender que el retiro total no es una opción. En el vaivén, ambas partes llegaron a un acuerdo que daría a cada uno lo que quería: los militares manejarán la guerra en Afganistán como deseen, mientras que al presidente se le permitirá mostrar esta situación a su pueblo de tal manera que pueda frenar la caída libre de su popularidad.
El cambio en la postura de Trump llegó después de que su posición interna, a favor de la extrema derecha, se tornara en contra suya. Varias organizaciones empezaron a cancelar eventos en sus clubes, costándole cientos de miles de dólares, y causando un daño permanente a su marca. Los jefes ejecutivos empresariales más importantes de los EEUU, a quienes Trump había elegido para hacer parte de sus consejos presidenciales altamente ceremoniales, empezaron a renunciar uno tras el otro, llevando al colapso de dichos consejos. Importantes republicanos en el Congreso empezaron a cuestionar abiertamente la estabilidad mental del presidente.
Al despedir a su ayudante de extrema derecha, Steve Bannon, parecía que Trump se había dado cuenta que la derecha radical no era suficiente para escudarse a nivel popular. Por lo tanto, un pacto con los militares en el que luciera como un estadista, fue la mejor estrategia para el presidente, quien se enfrenta a unos niveles de aislamiento sin precedentes.
Sin embargo, siendo un mandatario tan impredescible, nadie puede decir si seguirá con su tono presidencial, el que había ofrecido una vez durante su primer discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso, en enero. Mientras quienes apoyan a Trump mantienen sus dedos cruzados para que su presidente evada las peleas y controversias a manera de permanecer en el cargo, sus detractores están casi seguros de que no pasará mucho antes de que Trump vuelva a las andanzas que han causado el hundimiento de su mandato.
Puede que el presidente no se tome en serio su apoyo a la guerra en Afganistán, en especial si los militares fallan en asegurar una victoria clara.
Afganistán parece ser una guerra sin fin, una maldición y una carga que ha rodeado a las fuerzas armadas de Estados Unidos que no ven una luz al final del túnel. Si la guerra en Afganistán no sale a favor de EEUU, podría empezar a afectar la popularidad de Trump, al igual que hizo con sus predecesores. En tal caso, el presidente debería que considerar correr a la puerta de salida.
Puede que el mandatario haya logrado un trato sobre Afganistán con sus generales, pero parece ser muy impredecible para cumplir su parte. Más vale que la guerra en Afganistán empiece a tomar un giro favorable, que haga que Trump se golpee en el pecho clamando victoria, cualquier victoria, lo que ha buscado desesperadamente desde que llegó a la presidencia.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan la política editorial de la Agencia Anadolu.
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