Este trabajo surge del encuentro con el pueblo Wayuu en la árida y luminosa península de La Guajira, en el extremo norte de Colombia, territorio que se extiende hasta la frontera con Venezuela. A través de diez imágenes, busca aproximarse a la memoria, la espiritualidad y la vida cotidiana de una comunidad cuya existencia está profundamente ligada al desierto, donde el viento y la sal marcan el ritmo de la vida.
Más que un ejercicio de documentación, la propuesta plantea una mirada atenta a la forma en que la resistencia y la continuidad cultural se inscriben en el territorio. En el norte de La Guajira, el paisaje no es un simple escenario: es una fuerza viva que moldea la organización social, los desplazamientos y la manera de entender el mundo.
En una región donde el acceso al agua es limitado y la lluvia incierta, la vida se sostiene a través de la adaptación, la solidaridad y la memoria colectiva. Cada práctica cotidiana —desde el tejido hasta el pastoreo— refleja un conocimiento transmitido de generación en generación.
En La Guajira, donde la tierra es áspera y el horizonte parece infinito, cada gesto cotidiano conserva una huella ancestral. Estas imágenes buscan acercarse, con respeto, a esa permanencia que sigue viva en la arena.
Históricamente, desde la llegada de los españoles al norte de Suramérica, los Wayuu se distinguieron por su decisión de no someterse al dominio colonial. Supieron adaptarse sin perder autonomía: incorporaron armas de fuego a través de redes de intercambio en el Caribe y se convirtieron en hábiles jinetes capaces de desplazarse con agilidad por el desierto.
El trabajo dialoga con años de investigación antropológica, en especial con los aportes del investigador francés Michel Perrin, quien destacó la centralidad de los rituales, los sueños y la tradición oral en la cultura Wayuu. En su libro El camino de los indios, Perrin propone una lectura profunda que permite comprender esta sociedad más allá de visiones simplificadas o folclorizadas.
Esa combinación de conocimiento territorial y estrategia dificultó una conquista definitiva.
Ante esa realidad, las autoridades coloniales optaron en distintos momentos por la negociación, estableciendo tratados y alianzas temporales en lugar de una dominación directa. Esa tradición de autonomía no pertenece únicamente al pasado: continúa presente en una cultura política basada en la palabra, la mediación y la defensa colectiva.

