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Los jóvenes sirios que encuentran una segunda oportunidad en México

El Proyecto Habesha les ha dado la oportunidad a 14 jóvenes sirios para que viajen a México, aprendan español, estudien becados una carrera universitaria y reconstruyan su vida.

Emma Jaramillo Bernat   | 01.06.2018
Los jóvenes sirios que encuentran una segunda oportunidad en México Imágenes de 12 de los 14 jóvenes sirios que han llegado a México para continuar con sus estudios gracias a una beca otorgada por el Proyecto Habesha. (Cortesía Proyecto Habesha)

BOGOTÁ, Colombia

Por: Emma Jaramillo Bernat

En el norte de Etiopía existió una civilización antigua conocida como los abisinios, o Habesha, un pueblo que aceptaba a cualquier persona en su comunidad, sin importar su religión, su color, sus creencias. Todos eran bienvenidos.

Hoy un grupo de voluntarios intenta hacer lo mismo, desde una casa en el centro de Aguascalientes, México. Allí funciona la sede del Proyecto Habesha –escogieron ese reino como nombre–, una iniciativa de un grupo de mexicanos que busca ayudar a los jóvenes sirios que interrumpieron sus estudios por la guerra. La idea consiste en que viajen a México para comenzar o continuar sus carreras en universidades de ese país.

Adrián Meléndez, su fundador y director, había trabajado en El Líbano y luego en Irak ayudando a refugiados sirios, pero aunque veía que en los campos de refugiados se atendían sus necesidades más básicas, como su seguridad o alimentación, no había caminos para que, ya estando a salvo, pudieran replantearse su futuro.

“Fue así como dijimos: vamos a apoyar a un grupo limitado de estudiantes que representen la solidaridad de estos países —del otro lado del mundo—, ya que creemos que a través de la educación universitaria estamos formando profesionales que en un futuro tendrán un impacto muy positivo”, asegura Adrián.

Desde el 2014, cuando surgió la idea, hasta ahora, 14 estudiantes sirios han llegado a México. La mayoría estudia carreras que tienden a la reconstrucción, bien sea desde la palabra –la comunicación–, la mente –Terapia Gestalt– o lo material –la arquitectura–, ya que los perfiles fueron escogidos estratégicamente, pensando en que “fueran útiles a la hora de reconstruir Siria, tuvieran excelencia académica y además un compromiso social muy fuerte”, comenta Adrián.

Zain Alabdin Ali, por ejemplo, estudia una licenciatura en Arquitectura en la Universidad Anáhuac, en Querétaro. Él proviene de Alepo, una ciudad prácticamente destruida por la guerra, y desde un principio sabía que quería estudiar arquitectura para algún día ayudar a reconstruirla.

De Al Malikiya a Michoacán

En su tiempo libre, Silva toca el violín. (Proyecto Habesha)

Silva Namo será la primera mujer de su familia, no solo de su núcleo más cercano sino de todo su árbol genealógico, que va a tener educación universitaria. Todo el tiempo se la pasa estudiando, de noche, de día.

Para ella ha sido muy difícil estudiar odontología –con sus términos enredados— en un idioma que no es el suyo. Por eso cree que si sus compañeros van a hacer “dos esfuerzos”, ella tiene que hacer “tres esfuerzos”.

Su papá ha sido su apoyo en este proceso y está muy orgulloso de que ella pueda estudiar. Siempre le dice: “Bueno, no hay nada fácil porque si fuera fácil todo el mundo estudiaría”. Silva cuenta que cuando entró a la universidad tenía tanto trabajo que no le quedaba tiempo ni para comer. Y entonces él le dijo: “Primero el estudio. Después vas a tener toda tu vida para comer, pero el estudio no va a volver otra vez”.

A él solo le preocupaba que la cultura fuera muy diferente, que no la aceptaran, que la obligaran a quitarse el hiyab (el velo). Ella también estaba muy nerviosa, pero después se tranquilizó cuando llegó al aeropuerto y vio que la abrazaron, que la recibieron con un cartel que decía: “¡Bienvenida! Es tu casa”.

Así que le dijo a su papá que estuviera tranquilo: “Mira, es una cultura completamente diferente, pero me aceptaron como soy yo”. Eso sí, en la calle muchas veces la miran con curiosidad: ¿De dónde eres?, y le hacen la pregunta más famosa: ¿No te da calor? Entonces ella les explica que tiene velos diferentes, para el verano, para el invierno…

Sus padres, sus cuatro hermanas y tres hermanos siguen viviendo en el campo de refugiados de Domiz, en la provincia de Duhok, en el Kurdistán iraquí. No los ve desde hace año y medio, y a veces prefiere no hablar con ellos, “porque su situación es muy triste”.

Durante los casi cinco años en los que vivió en el campo de refugiados, a donde huyeron a raíz del conflicto, se sentía “como alguien que no tiene espíritu, nada más el cuerpo. Enfermé como casi un año. La situación pues era en una tienda, mucha gente, solo había agua para beber, y se quemó nuestra tienda como tres veces”. Ahora también se siente dividida, como que parte de su alma se quedó con ellos.

En ese campo esperó tres años para que se abriera un cupo para viajar, entonces a veces no cree que está en México, “porque en verdad para mí es como un sueño. Aunque es muy difícil, lo agradezco. Nadie puede vivir sin estudiar, esa es mi opinión. Si no, todas las personas estaríamos como ciegos que no entienden el valor de la vida”.

La casa de Aguascalientes

Silva estudia en la Universidad Latina de América en Morelia, Michoacán, pero en las vacaciones regresa a Aguascalientes, a la sede del proyecto.

Allí vuelven todos los estudiantes, distribuidos en distintas ciudades del país, durante las vacaciones, y se forma una especie de campamento de verano.

La oficina, con sus cinco voluntarios que trabajan a tiempo completo, funciona en el primer piso. Los estudiantes se quedan en las habitaciones del segundo piso, así como en un apartamento que tienen alquilado, a apenas diez metros.

Hay movimiento constante, en la oficina, en la cocina. “Sí, todo el tiempo estamos organizando cosas dentro de la oficina, dentro de la casa. Ellos cocinan, nos comparten un poquito de su cultura, de sus celebraciones, y también nosotros”, cuenta Michelle Quiñones, coordinadora de Recaudación y Comunicación, y quien acaba de publicar un libro sobre el proyecto.

Según Michelle, a los estudiantes les encanta la cultura mexicana. “Les gusta mucho que la gente es muy cálida aquí y que todo el mundo les dice que son bienvenidos, que tienen las puertas abiertas de las casas de todos los que formamos parte del proyecto”. Quizá, curiosamente, lo que más les cuesta es la gastronomía, porque no comen cerdo, ni están acostumbrados al picante, ni beben alcohol.

Esta casa es el primer lugar donde se hospedan los estudiantes cuando llegan de Siria. El pasado 15 de mayo llegó Omar Qayson, el estudiante más reciente. Aunque por poco no puede viajar, por un problema de documentación, gracias a la intermediación del embajador de Turquía en México, Tahsin Timur Söylemez, finalmente pudo llegar.

A su llegada cada estudiante es recibido por un equipo que les da apoyo psicológico y empiezan a recibir clases dentro de lo que han llamado la Habesha Academy, una escuela que crearon en la casa y en la cual personas especializadas en la docencia de español, de forma voluntaria, les dan clases intensivas.

“Aparte, ellos toman otras clases de reinserción académica como son matemáticas e historia de México, para que conozcan un poco más de la cultura, de la sociedad mexicana”, añade Michelle.

Es entonces cuando se da el milagro. En menos de un año los estudiantes aprenden español. La mayoría ya está lista para entrar a una universidad. Y no a cualquier universidad, porque el Proyecto Habesha solo ha firmado convenio con las universidades más prestigiosas del país.

Las universidades ayudan con becas completas de estudio, Aeroméxico da los pasajes y algunas entidades privadas aportan material, como computadores. Pero el mantenimiento de los estudiantes corre por cuenta del Proyecto Habesha, que funciona gracias a las donaciones que cualquier persona puede hacer a través de su página web. Son esos aportes los que permiten que los estudiantes vivan en México y de los que depende que más jóvenes puedan sumarse.

Aunque en América Latina varios gobiernos han promovido iniciativas para acoger refugiados sirios, como es el caso de Chile, Brasil y Argentina, esta es la única iniciativa promovida por la sociedad civil en la región, con la cual esperan continuar con la tradición histórica mexicana de recibir refugiados.

Por eso los estudiantes –que ya no quieren hablar más sobre el conflicto en Siria– dicen tener un gran agradecimiento hacia México, y a muchos también les gustaría ejercer su carrera allí, contribuir, como una forma de devolver lo que han recibido. Otros, cuenta Michelle, “tienen el perfil para quedarse”.

Pero, como dice Silva, “nadie sabe el destino”. Ella solo sabe que le gustaría ayudar a la gente. “Bueno, la gente de todo el mundo necesita ayuda, pero mi país más”. Ahora, por lo menos, está cambiando su futuro y el de su familia. Su hermana pequeña ya le dice a su mamá: “Voy a estudiar mucho para ser como mi hermana, una dentista”.

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