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Depresión, la otra “pandemia” y para la que no hay vacuna

Se calcula que 300 millones de personas en el mundo tienen esta enfermedad y que una de cada cinco padecerá un episodio severo en algún momento de su vida. Pero, ¿cómo detectarla y tratarla cuando sus causas siguen siendo un misterio para la ciencia?

Emma Jaramillo Bernat   | 14.01.2021
Depresión, la otra “pandemia” y para la que no hay vacuna (Juancho Torres - Archivo Agencia Anadolu)

“Hundido en mi cama, quebrado y despedazado por esta cosa que nadie parecía percibir,
le recé a un Dios en el que nunca había creído del todo y le supliqué que me liberara”
Andrew Solomon, “El demonio de la depresión”

Para papá...

Por: Emma Jaramillo Bernat

Como “ladrillos en el pecho” o como “una grieta en el amor”*. Así definen la depresión autores que la han padecido y quienes, a partir de su experiencia, han tratado de abordar esta enfermedad no solo desde las estadísticas y los datos científicos, sino desde sus recorridos por los abismos más profundos del dolor y la conciencia humana.

Técnicamente la depresión es un trastorno del estado de ánimo, con diversos síntomas, que se relaciona con una baja en los niveles de ciertas sustancias químicas, especialmente de la serotonina, aunque no se ha logrado establecer con certeza cuál es su causa. De hecho, no hay ningún examen mediante el cual se pueda detectar, de forma tangible, cuáles son los niveles de serotonina de una persona “sana” y cuáles los de una deprimida, ni qué extraños mecanismos se activan en su mente para que sucumba ante la desazón.

“El diagnóstico de la depresión siempre se hace clínicamente”, explica el psiquiatra de la Universidad de Harvard y miembro del panel de expertos en salud mental de la OMS, Carlos Climent. Este médico colombiano ha atendido durante décadas casos de depresión y basa su diagnóstico en la presencia de varios signos y síntomas que componen el cuadro depresivo.

Según le explicó a la Agencia Anadolu, estos incluyen “la tristeza, el desánimo, la lentitud en los movimientos, la melancolía, sentimientos de minusvalía, pesimismo exagerado, desesperanza, la pérdida del interés y el placer en las cosas, la indecisión”.

“Cuando una depresión es muy severa -añade- hay una percepción absurda de la realidad, muchas veces apocalíptica. Hay ansiedad, angustia, nervios. De hecho la ansiedad y la depresión siempre van de la mano. Son como hermanas gemelas”.

“Otro de los elementos sintomáticos de la depresión son los miedos: miedos a todo, miedos absurdos que pueden llegar a unos niveles exagerados. Pero también hay otras manifestaciones como lo es la irritabilidad, o síntomas físicos de toda índole: la pérdida de peso (algunas personas quedan reducidas a sus huesos), por ejemplo, o síntomas variados que llevan a visitar numerosos especialistas”, añade Climent.

“Otra característica es el insomnio, y menos comúnmente, el hipersomnio (dormir demasiado). Y todo esto viene acompañado de una disminución del rendimiento en el trabajo, o en el estudio, o en cualquier labor que se esté realizando. A esto se le agrega también ideas obsesivas de toda índole. Ideas obsesivas que tienen que ver con las cosas cotidianas, pero que también tienen que ver con la muerte (...) El corolario más trágico de la depresión es el suicidio. Las personas con depresión tienen una tendencia mayor a tener ideas o incluso actos suicidas".

En ese sentido la ciencia parece quedarse corta al tratar de expresar o comprender la intensidad y gama de sentimientos que una persona que está bordeando el abismo de la muerte permanentemente puede llegar a experimentar. Y cuando las herramientas tangibles se han agotado no queda más que recurrir a la metáfora.

Andrew Solomon, autor de “El demonio de la depresión”, libro que se ha convertido en un referente en este tema, trata de explicar esta enfermedad a través de la metáfora de la enredadera. Para él, la persona vendría siendo un árbol -en este caso un roble- y la enredadera simbolizaría la depresión. Primero va creciendo lentamente, pero si no se arranca a tiempo, con los años se puede adherir al árbol a tal punto de llegar a asfixiarlo, de fundirse con él.

“Mi depresión se había ido adueñando de mí del mismo modo que la enredadera había invadido el roble -relata-; había sido una especie de ente horrible y más vivo que yo que me había envuelto y absorbido, algo que había adquirido vida propia y que, día tras días, había ido asfixiándome y despojándome de mi vida. En la peor etapa de aquel proceso pasé por estados de ánimo que yo sabía que no eran míos; pertenecían a la depresión igual que las hojas de las ramas más altas del roble pertenecían a la enredadera”.

La depresión tiene que ver con el misterio de la existencia, casi que con el alma, por lo que no puede ser entendida únicamente en términos bioquímicos. “En muchos casos, la causa es un desbalance químico que no tiene un detonante claro. La estructura del cerebro, la predisposición genética y los factores ambientales pueden hacer que esto ocurra. En castellano sencillo: le puede pasar a cualquiera y no sabemos muy bien por qué”, explica Juan Carlos Rincón, autor del libro “La depresión (no) existe”.

Aunque muchos de los pacientes tienen un antecedente de algún familiar que ha sufrido depresión, también hay personas en las que no se encuentra ningún tipo de vínculo genético. Y lo que es aún más extraño: la depresión no necesariamente se desencadena por un hecho trágico. Incluso puede surgir cuando alguien está pasando por el mejor momento de su vida.

“Según parece, la depresión ha existido desde que el hombre adquirió la capacidad de ser consciente de sí mismo”, explica Solomon, pero “no sabemos en qué consiste ni cómo se abrió paso a través del proceso evolutivo”.

Sea como fuere, no es un problema menor. Todo lo contrario, es uno de los mayores desafíos de la salud pública en la actualidad, y lo seguirá siendo en las próximas décadas. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que afecta a más de 300 millones de personas en el mundo. Esto es seis veces la población de Colombia o casi la totalidad de la de Estados Unidos.

Tampoco es un fenómeno específico de los países desarrollados. “Si a veces parece una dolencia privada y exclusiva de las clases medias del Occidente moderno es porque en esta comunidad estamos adquiriendo rápidamente una novedosa sofisticación que nos permite reconocerla, nombrarla, tratarla y aceptarla, y no porque tengamos derechos especiales para padecerla”, aclara Solomon. De hecho, la depresión no respeta edad, género ni clase social. Hay depresiones infantiles, niños de cinco años que deben ser tratados por depresión.

No sorprende entonces que esta sea la principal causa mundial de incapacidad. Según comenta Carlos Climent, “en un estudio que hizo la Universidad de Harvard se ha calculado que cada año se incapacitan personas que sumando el número de días, semanas y años de incapacidad dan la escalofriante suma de cincuenta millones de años perdidos por año. Esto, para decirte que estamos ante un problema de unas proporciones enormes de sufrimiento humano”.

En su libro Solomon asegura que “la depresión representa más años perdidos que la guerra, el cáncer y el sida juntos. Otras enfermedades, desde el alcoholismo hasta los problemas cardíacos, en muchos casos son producto de la depresión, pero la enmascaran. Si se tienen en cuenta estos datos, la depresión podría considerarse la enfermedad más mortal de cuantas conocemos”.

Pese a su magnitud, este tema sigue siendo un tabú. “Nuestra sociedad es poco tolerante con el abatimiento”, añade el autor. ¿Por qué un hombre joven se está lamentando en lugar de estar produciendo? “Siempre ha habido una resistencia general, no solo a la depresión, sino a todos los trastornos mentales. ¿Por qué? Porque hay en el fondo un temor que siempre ronda, que es el temor a la locura”, explica Climent.

A la negación se suma la desinformación. No se conocen las múltiples manifestaciones que puede llegar a tener esta enfermedad. Incluso este psiquiatra asegura que “es muy fácil que una persona esté deprimida y no se dé cuenta. Y es muy fácil que una persona duerma al lado de una persona que está deprimida y tampoco se dé cuenta”.

“A mí me llegan casos que son sorprendentes, porque llevan años deprimidos y nadie se ha dado cuenta. Han ido donde el médico, el especialista, de un especialista a otro. Cada especialista le receta su pastilla y resulta que esa persona estaba con una depresión profunda y ninguno de los médicos lo identificó”, cuenta Climent.

Quienes rodean a la persona depresiva pueden pecar por desconocimiento, por impaciencia. Quieren que su ser amado vuelva a la vida, pronto, como sea. No entienden por qué está tan triste si lo tiene todo. No entienden por qué no se centra en lo positivo, por qué no cambia de actitud -si en la vida todo es un asunto de actitud, ¿no?-. Pero recurrir a este tipo de frases es un error. La persona deprimida no está así por gusto. Simplemente padece una enfermedad, como quien se rompe una pierna y nadie cuestiona por qué le duele o por qué fue enyesado, sostiene Juan Carlos Rincón.

De hecho hacer estas aclaraciones fue lo que motivó a este periodista colombiano a escribir su libro. Quería explicar por qué todas estas frases, todas estas supuestas palabras de aliento, en realidad son puñales y no un salvavidas para alguien que quizá lleva años en el océano, luchando solo contra la tempestad.

Rincón explica que “la tristeza de la depresión es, en esencia, una realidad abrumadora. No te puedes mover. No puedes entender lo que ocurre (…) El abismo te llama y la desesperanza te controla, y tus pensamientos están llenos de violencia contra ti mismo, contra el mundo y contra el prospecto de seguir con vida”.

Y añade un nuevo factor: “Una de las primeras tragedias de la depresión es una falla comunicativa: te quita las palabras y la capacidad de explicarle a la gente lo que sientes, y también de explicártelo tú mismo”.

La persona queda completamente aislada: incapaz de pedir ayuda e incapaz de escuchar consejos. “Había supuesto -dice Solomon- que cuando uno peor se siente el llanto comienza a fluir, pero el dolor mayor es ese dolor árido y agudo que aparece después de que todas las lágrimas se han consumido, el dolor que cierra todos los espacios que permiten el acceso al mundo, y viceversa. Así es como se presenta la depresión severa”.

En algunos casos, escribe Rincón, “la depresión se manifiesta como la imposibilidad de sentir. No se siente tristeza, pero tampoco felicidad. Es un vacío que se equipara a menudo con estar ‘muerto por dentro’, como si uno fuera un caparazón que no tiene nada en su interior”.

“Así pasan días, semanas, meses, años e incluso vidas enteras sin darle nombre al desespero, sin conocer que existe la posibilidad no solo de un diagnóstico, sino de un tratamiento para enfrentar las cosas”.

Salir de la oscuridad

Para salir de aquel túnel de oscuridad y angustia hay que pedir y saber recibir ayuda. “Ir a terapia no es una señal de debilidad. Pedir y recibir ayuda es el acto de valentía más contundente que podemos tomar de cara a la depresión”, asegura Rincón.

Lo ideal es acudir a algún tipo de apoyo psicológico que ayude al paciente a mirarse a sí mismo de otra manera, y a manejar sus emociones y pensamientos de formas más constructivas. Pero en los casos más severos lo más usual es recurrir al tratamiento farmacológico. Actualmente los medicamentos más usados son los inhibidores de la recaptación de la serotonina, los cuales impiden que este neurotransmisor se reabsorba, de tal manera que queda a disposición del cerebro de la persona y mejora su estado de ánimo.

“El tratamiento con antidepresivos, con psicofármacos, es realmente, pienso, el método más utilizado a nivel mundial, y hay muchísima gente que da fe de los buenos resultados de estos tratamientos”, asegura Climent.

Por supuesto, son medicamentos que solo deben ser recetados por un especialista y que no pueden usarse indiscriminadamente, ya que generan varios efectos secundarios, lo cual los ha hecho ganar múltiples detractores. 

Pero el psiquiatra Carlos Climent defiende su uso. “A mi manera de ver, es una medida salvadora de vidas. Recetar un antidepresivo a un paciente que está deprimido, moderada o severamente, es la medida que hay que hacer, y quien no lo haga probablemente está incurriendo en una mala práctica profesional y arriesgando al paciente, no solo al sufrimiento terrible de lo que es tener una depresión, porque quien no la ha tenido no sabe lo terrible que es. Es decir, la persona entra a lo más profundo del infierno y está convencida de que solamente la muerte es la solución de sus problemas, y en tres o cuatro semanas de tratamiento antidepresivo muchos de estos síntomas desaparecen. La persona dice: no puedo creer que con esta pastillita a mí se me hayan quitado todos estos síntomas”.

“Pero así es -añade Climent-. La gente que se somete al tratamiento y tiene la suerte de haber sido bien diagnosticada y haber tolerado bien el medicamento hace parte de ese grupo afortunado de seres humanos que encontraron una solución a un problema gravísimo”.

“Eso no quiere decir -aclara- que hayamos encontrado la causa, ni que fuimos a la raíz del asunto y pudimos entonces arrancar de raíz el problema que tenía el paciente. No, lo que quiere decir es que acertamos con el tratamiento y fuimos capaces de sostenerlo por el tiempo necesario”.

Sin embargo, advierte que “la pastillita no hace el milagro sola”. “El tratamiento debe venir acompañado con un proceso de psicoterapia de algún tipo, de apoyo, de clarificación, de información a la familia. Y muchas veces es la intervención humana, más que la misma intervención farmacológica, la que realmente hace que la persona mejore”.

En ese sentido, y en lugar de las frases comunes, Juan Carlos Rincón propone que haya una “escucha llena de empatía”. Y Solomon continúa en este sentido: “La reconstrucción de la identidad no se alcanza con ninguno de los medicamentos disponibles en la actualidad (…) La recuperación de la identidad durante y después de la depresión requiere amor, comprensión, trabajo y, sobre todo, tiempo”.

*La primera cita es tomada del libro "La depresión (no) existe", de Juan Carlos Rincón (Vergara, 2020), y la segunda fue tomada del libro "El demonio de la depresión", de Andrew Solomon (Debate, 2020).

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