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Los retos de la “coalición progresista” conformada por Pedro Sánchez en España

De la mano de la izquierda más dura y del separatismo, Pedro Sánchez logró por fin una coalición que le permitió investirse como presidente. Su gran desafío ahora es demostrar que él y sus aliados en efecto están remando hacia la misma España.

Santiago Sánchez B.   | 14.01.2020
Los retos de la “coalición progresista” conformada por Pedro Sánchez en España MADRID, ESPAÑA: El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez (2º izquierda), la vicepresidenta y ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad, Carmen Calvo (izquierda); el ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, y secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, (derecha), y la ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera (2ª derecha). (Burak Akbulut – Agencia Anadolu)

MADRID

Por: Santiago Sánchez B.

El clima de opinión en España se mueve por estos días entre la aprehensión, la aspereza y, en algunos casos, la esperanza. La conformación de una coalición de gobierno tejida con los votos del Partido Socialista, Unidas Podemos –el partido de izquierda liderado por Pablo Iglesias, contendor directo de Sánchez–, y seis formaciones más, algunas de izquierda y otras nacionalistas, es un breve respiro para un país que ha vivido en el bloqueo político, especialmente durante el año pasado.

Sin embargo, la alianza que sus propios artífices –Sánchez e Iglesias– han denominado como “progresista” genera dudas en distintos sectores que ven un andamiaje tan forzado como frágil.

Esta es la primera vez en la historia de la democracia española, desde la Transición, en la que tiene lugar un gobierno de coalición. Y es también la primera vez que un político ha requerido de tantos apoyos para investirse como presidente. Además de Unidas Podemos, Sánchez ha tenido que recurrir al Partido Nacionalista Vasco, a Más País-Compromís, a Nueva Canarias, al Bloque Nacionalista Gallego y a Teruel Existe; todos pequeños y la mayoría con intereses tan propios que podrían llegar a ser insolidarios en un proyecto conjunto de país.

El pasado 8 de enero, con una votación de 167 parlamentarios a favor y 165 en contra (liderados por el Partido Popular, Ciudadanos y VOX), el líder socialista logró respaldar (o salvar mejor) su investidura. El estrecho resultado tuvo lugar en gran medida gracias a la abstención negociada de Esquerra Republicana, de ideología independentista catalana, y de EH Bildu, de corte nacionalista vasco y con vínculos con el extinto grupo terrorista ETA, algo que la derecha española no para de cuestionar y señalar con fiereza.

Una semana después de esa crucial victoria, el PSOE ha ido anunciando con ritmo de gotera un gabinete que reúne a 22 funcionarios, 17 del repertorio socialista y cinco de Unidas Podemos.

Cuidándose las espaldas

La definición de esa arquitectura política y administrativa es clave por tres razones. Primero, para la estabilidad del país; segundo, para la perspectiva que la Unión Europea y actores internacionales como la Organización Mundial del Comercio tengan sobre el país; y tercero, pero no menos importante, para que quede claro quién manda a quién.

Por eso, en lo que algunos analistas han identificado como un intento por diluir el rol preponderante de Pablo Iglesias, que negoció desde el principio una Vicepresidencia para Derechos Sociales y Agenda 2030, Pedro Sánchez ha optado por contar con tres vicepresidencias más: la Vicepresidencia y Ministerio de Presidencia y Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, encabezada por Carmen Calvo; la de Asuntos Económicos y Transformación Digital, en manos de Nadia Calviño, y la de Transición Ecológica y Reto Demográfico, liderada por Teresa Ribera. Todas mujeres y socialistas.

Desde luego, la alianza le ha abierto la puerta a Unidas Podemos en carteras como el Ministerio de Igualdad, que estará gestionado por Irene Montero, uno de los liderazgos más relevantes y visibles de esa formación; así como de los ministerios de Trabajo, Consumo y Universidades. Sin embargo, esa parcelación revela uno de los rasgos clave de esta simbiosis: la economía, el cambio climático –prioridad política en Europa– y las carteras duras del Estado, como los ministerios de Defensa, Justicia, Interior y Exteriores, quedan en manos socialistas de perfiles más técnicos y con peso internacional para asumirlas; mientras que los temas de corte social son tarea del equipo de Podemos, neófito en el Ejecutivo.

De esta manera, La Moncloa mantiene el orden entre sus costuras y la confianza de los mercados, que ante la inestabilidad económica latente y las disonancias presupuestarias con Bruselas, observan atentamente este nuevo gobierno. Con todo lo progresista que pueda llegar a ser el discurso, en la práctica Sánchez tiene el desafío de generar confianza entre el empresariado.

Cohesión o naufragio

En esta nueva legislatura de España, que de avanzar de acuerdo a la esperanza deberá llegar hasta 2023, tres grandes temas ocupan la agenda: la economía, el todavía irresuelto asunto de Cataluña y los temas medioambientales. En todos ellos la consistencia y la cohesión del gobierno resultan primordiales.

El sinsabor aparece cuando de cara a lo que hay, se entiende lo que viene. Primero, porque será necesaria una inquebrantable convivencia entre Sánchez con sus grandes figuras del PSOE e Iglesias con las suyas de Podemos; es crucial la congruencia, la coherencia y el abandono –al menos temporal– de las rivalidades teatrales que se han hecho costumbre en la política española.

De otra parte, es imperativo que en la actividad parlamentaria los votos de la izquierda se mantengan sin alteraciones para garantizar la viabilidad de su gobierno, y en esto serán eventualmente relevantes las incómodas conversaciones que están pendientes con el independentismo catalán y sobre las que recae una presión social y política gigantesca.

Y a todo esto se suma una oposición de derecha tan inquietante como vehemente. Luego del ascenso de VOX desde los últimos comicios, otras formaciones de su espectro, como el Partido Popular, se están viendo obligadas a reformular sus discursos y posturas. Está por verse quién liderará finalmente esa orilla y cual será el calibre de sus narrativas.

Las expectativas que tiene la sociedad española de cara a este gobierno y a su capacidad para remar juntos en un mismo sentido son bajas. Y esa es probablemente la verdadera oportunidad en todo esto.

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