Análisis

El acercamiento de la líder birmana Suu Kyi a la extrema derecha

La premio Nobel y el gobernante de facto de Birmania se están uniendo a las filas de los líderes de extrema derecha como Modi, de India, y Orban, de Hungría.

Maung Zarni   | 09.06.2019
El acercamiento de la líder birmana Suu Kyi a la extrema derecha Líder de facto de Birmania, Aung San Suu Kyi. (Dursun Aydemir - Agencia Anadolu) ( Dursun Aydemir - AA )

Ankara

Por: Maung Zarni

La imagen desde Budapest de una sonriente premio Nobel de Paz y consejera estatal de Birmania, Aung San Suu Kyi, dándole la mano a Viktor Orban, el presidente de Hungría, es atemorizante.

Un miedo que me acuerda a mis amigos musulmanes durante los disturbios en la ciudad birmana de Mandalay (1997), a los musulmanes en Birmania, incluyendo a la perseguida minoría étnica de los rohinyá.

Según los informes, los dos líderes intercambiaron su miedo incondicional y su aversión a los musulmanes y a los migrantes.

En la Birmania de Aung San Suu Kyi los militares han malinterpretado a la comunidad rohinyá transformándola en una comunidad de inmigrantes ilegales bangalíes provenientes de las fronteras de Bangladés.

Así ella, quien era el ícono birmano de la transición democrática, se ha convertido en una cómplice de los asesinatos ante las cámaras.

En mis 30 años de activismo político y estudios sobre los asuntos de mi país he aprendido a leer bien la sociedad birmana, profundamente racializada, la Orden Budista politizada y el ultranacionalista Tatmadaw o el Ejército. Durante años he apoyado a la mujer que la mayoría budista del país llama, con afecto eterno, Madre Suu, y he estudiado muy de cerca sus palabras, hechos e incluso expresiones faciales durante las últimas tres décadas.

Puedo decir de las fotos de Budapest que estas no reflejan simplemente el protocolo diplomático, donde la consejera de Birmania actuó cortésmente con el anfitrión y pareció agradable ante las cámaras. Fue más como una reunión de dos mentes racistas y xenófobas, que suelen ser indiferentes a las advertencias de las historias fascistas de los dos países durante la Segunda Guerra Mundial, dos mentes que parecen relacionarse a las políticas islamófobas de sus países.

En un informe del comisionado para los derechos humanos del Consejo Europeo, la administración de Viktor Orban ha sido acusada de difundir actitudes xenófobas, miedo y odio.

Orban se está convirtiendo en una figura fundamental entre los líderes y demagogos de extrema derecha europeos y norteamericanos, desde el antiguo brazo derecho de Trump, Steve Bannon, hasta el ex líder del Partido de la Independencia de Reino Unido, Nigel Farage.

En el caso de Birmania, la Misión Internacional Independiente de Investigación de la ONU acusa oficialmente a su liderazgo civil de estar involucrada en el genocidio en curso contra los musulmanes rohinyá.

Según la declaración del gobierno de Orban, después de su reunión, Suu Kyi y Orban "destacaron" la "migración" y "el problema de la coexistencia con poblaciones musulmanas en continuo crecimiento" como los dos "mayores desafíos" para "el sudeste asiático y Europa".

Esta no es la primera vez que la consejera de Estado de Birmania compartió el protagonismo con un líder de extrema derecha e hizo eco de las opiniones racistas sobre los musulmanes.

En septiembre de 2017, Suu Kyi compartió el podio de la prensa con el primer ministro de la India, el fundamentalista hindú Narendra Modi, desde donde ambos líderes interpretaron la persecución a la comunidad rohinyá como la respuesta legítima de un Estado al "terror", es decir, el "terror musulmán".

"Me gustaría agradecer a la India por tomar una posición firme sobre la amenaza terrorista que Birmania enfrentó recientemente”, señaló Suu Kyi en ese momento.

Me he dado cuenta de cómo la líder birmana, a quien apoyé tan activamente durante mis primeros 15 años de activismo internacional, sigue cambiando sus justificaciones sobre el racismo antimusulmán que ha infestado las opiniones públicas de Birmania.

En octubre de 2013, en el buque insignia nacional de Gran Bretaña, la BBC Four, Suu Kyi enmarcó sus puntos de vista sobre los musulmanes como una percepción popular en la nación birmana.

Suu Kyi, entonces la icónica líder de la oposición del país, dijo al entrevistador británico Mishal Husain, un musulmán británico: "Creo que aceptarás que existe una percepción de que el poder musulmán global es muy grande. Ciertamente, esta es una percepción en muchas partes del mundo, y también en nuestro país”.

Seis años después de su impactante entrevista, Suu Kyi, ahora en el poder como consejera de Estado y ministra de Relaciones Exteriores, salió de su armario islamofóbico, uniéndose con uno de los líderes nacionales de derecha en Europa.

Las preocupaciones de Suu Kyi sobre la creciente inmigración y el problema de la creciente población musulmana que vive en Birmania no están respaldadas por hechos.

En contraste con las estadísticas engañosas del PIB y los pronósticos económicos levemente positivos, la actualidad Birmania muestra una realidad diferente. La pobreza generalizada y las décadas de represión política han generado una migración masiva.

La fuga de cerebros de Birmania y la emigración de birmanos continúan sin cesar. En la actualidad, se calcula que entre 4 y 5 millones de birmanos de todos los orígenes étnicos y religiosos, es decir, una proporción de 1 de cada 10 personas, han dejado el país como trabajadores para irse a los países de ingresos medios del sudeste asiático como Tailandia, Malasia y, en menor medida, Singapur. Después de Siria, Birmania es el mayor productor de refugiados del mundo, la mayoría de los cuales son musulmanes.

Además, la población musulmana de Birmania, de la que los rohinyá son numéricamente el grupo más grande, de un total de 16 grupos, no está creciendo.

Solo unos 0,33 millones de rohinyá permanecen en su país de origen, de los cuales 120.000 se encuentran en los campos de desplazados internos, desde donde no se les permite salir.

Según la misión de investigación de la ONU, Birmania destruyó aproximadamente 400 aldeas rohinyá durante las "operaciones de limpieza" del Ejército birmano de 2017, donde murieron miles de musulmanes, incluidos niños, mujeres y ancianos.

El número real de muertos puede que nunca se sepa, pero el número de rohinyá sacrificados es ciertamente mucho mayor que el de los bosnios asesinados en Srebrenica en julio de 1995, que fue declarado judicialmente como un acto de genocidio.

Estas atrocidades han frenado el crecimiento de esta población musulmana, incluso en su tierra ancestral, Rakáin. Las olas de violentas y masivas deportaciones, las masacres y las quemas de aldeas desde 1978 han reducido a la mitad a la mayor comunidad musulmana del país.

La población musulmana rohinyá restante en la ciudad de Buthidaung se encuentra en condiciones similares al Apartheid, afectada por el temor generalizado y constante de ser asesinada en nuevas rondas de atrocidades dirigidas por el Estado birmano, similares a las que el mundo vio por medios de redes sociales como Facebook y Twitter en 2017.

Basándome en mi experiencia profesional de primera mano en la ejecución de numerosas sesiones sobre sensibilidad y conciencia del racismo a grupos de creadores de opinión de Birmania, como monjas, monjes, periodistas y activistas de derechos, aprendí una cosa sórdida: los hechos no hacen que se reduzca el racismo.

Por lo general, uno escucha la explicación poco convincente de que Suu Kyi no tiene control sobre los militares birmanos; de ahí su silencio con respecto a las malas acciones de este último.

Sus crímenes ya no se limitan a su negativa a condenar a su "Ejército", o "el delito de omisión", como afirma el informe de 444 páginas de la misión de investigación de la ONU (publicado el 18 de septiembre de 2018). Tampoco lo son sus repetidas negativas sobre la existencia de "limpieza étnica" en Birmania. De hecho, la consejera estatal birmana está demostrando ser una cómplice voluntaria en estos atroces crímenes por motivos raciales.

La historia del mundo moderno, desde los días de la masacre de Hitler, está llena de regímenes populistas que llegan al poder a través de urnas, movilizando un racismo mayoritario de los electorados a expensas de las minorías religiosas, étnicas y raciales.

La transición actual de Birmania bajo el liderazgo de Suu Kyi no es hacia una sociedad inclusiva y democrática ni hacia una democracia liberal; más bien es hacia un sistema político budista, nacionalista y excluyente, donde los musulmanes y otras minorías étnicas no tienen derechos ni protección estatal.

A la luz de estos acontecimientos, Estados Unidos y la Unión Europea deberían revisar seriamente sus políticas de apoyo a la "transición frágil" con Suu Kyi como la única capaz para liderar una democracia birmana.

La dama, o la "Reina de la Democracia" de Occidente, Yanghee Lee, quien es la relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Birmania, expresó en 2018 ante el canal británico Channel Four News que el nuevo gobierno birmano ha participado activamente en la articulación, justificación y propagación de una cosmovisión venenosa que se califica de “extrema derecha”, en lugar de promover y defender las libertades civiles, la libertad de prensa, los derechos humanos y la protección de las minorías de todos los pueblos y comunidades dentro de Birmania.

Suu Kyi es la Marine Le Pen de Birmania. Entre más rápido el mundo coincida sobre la metamorfosis de Suu Kyi, mejor será para los activistas birmanos que participan en los esfuerzos de la comunidad para construir una sociedad antirracista, inclusiva y democrática.

* El autor es coordinador de la Coalición Rohinyá Libre y coautor, con Natalie Brinham, de Essays on Myanmar Genocide.

*Juan Felipe Vélez contribuyó con la redacción de esta nota.











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