Análisis

Acuerdo entre Sánchez y Podemos, un gobierno de retazos en una España sin unidad

Las elecciones dejaron un panorama reducido para el actual presidente de gobierno, quien al llegar a un pacto con Unidas Podemos busca atraer más izquierda y atajar un independentismo confrontacional.

Santiago Sánchez   | 13.11.2019
Acuerdo entre Sánchez y Podemos, un gobierno de retazos en una España sin unidad El presidente en funciones del Gobierno de España y jefe del Partido Socialista (PSOE), Pedro Sánchez (derecha), y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias (izquierda), se reúnen en el Parlamento para discutir un preacuerdo para formar un gobierno de coalición después de las elecciones generales del domingo pasado, en Madrid, España, el 12 de noviembre de 2019. (Burak Akbulut - Agencia Anadolu)

MADRID

Por: Santiago Sánchez

Este martes se selló un acuerdo entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), liderado por el actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y Pablo Iglesias, de Unidas Podemos, que en unas horas ha puesto a Iglesias en el sillón de vicepresidente, algo que hace unos meses parecía improbable, considerando el farragoso diálogo entre las partes tras unas primeras elecciones.

La innecesaria repetición de las elecciones parece haber despojado de las palabras altisonantes a las figuras más visibles de la izquierda española.

Rozando la medianoche del domingo, Sánchez había reconocido ante una multitud armada de banderines rojos que los 120 escaños obtenidos por su partido constituían una victoria a medias. Todavía quedaba por delante hallar –o descifrar mejor– la fórmula que permitiera sacar avante su investidura y en últimas su gobierno.

“La idea no es seguir ganando elecciones” dijo, y abrió la puerta de las alianzas para salir del atasco político e institucional en el que se encuentra el país, una suerte de guiño para los partidos de izquierda que, mermados en su peso, todavía pueden sumar aquí y allá para consolidar los 176 escaños que supone consolidar un “gobierno progresista”.

Así también lo declaró en la mañana del lunes siguiente el secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento, José Luis Ábalos, quien también desdibujó cualquier posibilidad de acuerdo con los del Partido Polular (PP) –como era de esperarse– y con los independentistas.

Con los 35 escaños de Podemos y para confeccionar su investidura, ahora el PSOE debe acercarse a otros jugadores políticos como el Partido Nacionalista Vasco (con siete); Más País –la nueva formación de Iñigo Errejón, antiguo número dos de Pablo Iglesias– que cuenta con tres asientos, y a los representantes de una izquierda regionalista y provincialista, como el Partido Regionalista de Cantabria (uno), Teruel Existe (uno) y el Bloque Nacionalista Gallego (uno).

El asunto es que incluso con toda esa mistura de centro izquierda, las cuentas no le alcanzan a Sánchez y dependería de la abstención de los independentistas, entre los que se encuentran los cinco escaños de EH Bildu y los 13 de Esquerra Republicana (ERC), el partido catalán que Pedro Sánchez ha intentado mantener al margen de cualquier alianza, entre otras cosas porque su líder, Oriol Junqueras, es uno de los condenados a prisión por su participación en el referéndum de independencia de Cataluña en 2017, sentencia que ha desatado recientemente una oleada de protestas en Barcelona.

Para rematar, quienes vieron en su momento una posibilidad con Ciudadanos (Cs) se han estrellado con un portazo. Aunque moribundo como consecuencia del descalabro electoral que significó perder 47 escaños y en pleno proceso de reorganización después de que renunciara este lunes Albert Rivera, su fundador y líder, el partido de centro-derecha ha dicho que no apoyará la investidura. Los Cs han calificado como “nefasto” el acuerdo con Podemos e instaron a Sánchez a rectificar su decisión.

En este punto, sugerir incluso una abstención desde esa esquina suena absurdo. Y aunque la hubiera, no bastaría y seguiría siendo necesario contar con ERC o EH Bildu.

¿Qué implica para el PSOE y para España este camino?

Al estar asfaltado sobre los intereses de partidos populistas, el Gobierno enfrentará tensiones recurrentes propias de las deudas políticas. Le deberá a varios, y en este nuevo contexto de ejecutivo compartido el compromiso que se adquiera es enorme e incómodo. Eso, sin mencionar que convencer a los independentistas es una tarea puntillosa y supone un enorme riesgo político.

Lo cierto es que la decisión del líder socialista se circunscribe también a la inviabilidad de contar con la abstención del Partido Popular para facilitar la investidura. Tan evidente fue que el mismo lunes de parte y parte expresaron su desdén ante la posibilidad de configurar cualquier tipo de acuerdo. El propio secretario general del PP, Teodoro García Egea, afirmó en medios de comunicación locales que Sánchez debía “apartarse” y dejó claro que no estaban dispuestos a apoyarle.

Y es que arriesgarían demasiado, especialmente ahora que Vox se ha erigido como la tercera fuerza política del país. Para César Calderón, director de la compañía de consultoría política Redlines, la abstención del partido de Casado sería negativa para ellos y para todos. “Si el PP se abstuviera en una investidura de Sánchez, el trasvase de votos a Vox sería una auténtica sangría y dejaría de ser, como es en este momento, el último dique democrático contra la infección populista”, explica.

Ahora que Sánchez ha dado un primer paso con Iglesias, le queda agotar todas las opciones para obtener los apoyos que requiere. Si no lo logra, un último escenario –muy criticable desde distintas orillas– sería llevar a cabo nuevamente unas elecciones. Esto supondría en general un desgaste insospechado para el país, un costo económico adicional –que el domingo pasado se ubicó alrededor de los EUR 140 millones– y un escollo para la mayoría de partidos involucrados.

Ya en esta oportunidad se ha visto a un PSOE abocarse a una posición incómoda a pesar de la victoria; al PP recuperar apoyos pero no margen de acción; a los dos partidos que en 2015 entraron con fuerza en el Parlamento (Cs y Podemos) resistiendo los embates de los electores; y finalmente a una derecha extrema ganar terreno de manera abrupta, “constatando el fin de la 'excepción española' a la penetración de fenómenos nacional-populistas”, como señala Calderón de Redlines.

Sánchez parece haberse equivocado y creó una paradoja para la memoria: la izquierda llamó a las urnas y fue la derecha la que respondió. ¿Para qué? Al parecer para sentarse y negociar lo que se pudo haber zanjado antes del verano.

Quizás el desafío esté en reconocer que no se trata de seguir buscando mayorías en un país que ha reafirmado sus clivajes o fracturas, sino en priorizar que mientras los liderazgos hacen cuentas el mercado laboral regresa a sus registros de 2012, las previsiones de crecimiento para España se redujeron a 1,9%, la desigualdad social derivada de la crisis continúa latente, el Estado de bienestar se arropa de incertidumbre y algunos trozos de territorio siguen vulnerables al independentismo.


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