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Democracia sin protesta: la paradoja latinoamericana

Líderes que no pueden ser elegidos, populismo exacerbante y presidentes que gobiernan a fuerza de decretos son las contradicciones del sistema democrático en América Latina, mientras la COVID-19 empuja a la ciudadanía a protestar.

Maria Paula Triviño Salazar   | 16.09.2020
Democracia sin protesta: la paradoja latinoamericana BUENOS AIRES, ARGENTINA - AGOSTO 11, 2019: Votantes llegan a las urnas para elegir a los candidatos que participarán en las próximas elecciones presidenciales del 27 de octubre, en la capital argentina, el 11 de agosto de 2019. (Muhammed Emin Canik - Agencia Anadolu)

BOGOTÁ, Colombia

Por: Maria Paula Triviño

Este martes se celebró el Día Internacional de la Democracia, y aunque la entendemos como el ‘sistema político que defiende la soberanía y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes’, el descontento por la falta de representación es cada vez mayor entre los ciudadanos de los países latinoamericanos. Además, la pandemia de COVID-19 ha agudizado esta realidad más que nunca.

La falta de confianza en las instituciones, la desigualdad sistemática y la poca presencia del Estado a lo largo de los territorios nacionales en medio de la pandemia ha cuestionado el modelo de la democracia en la región y por eso en varios países el descontento social se ha traducido en protestas masivas.

Para Sergio Guzmán, director y cofundador de Colombia Risk Analysis, “la pandemia en Latinoamérica ha mostrado una cara muy distinta tanto de las expectativas de democracia de las personas como las ganas de los gobiernos de implementar sus principales postulados, porque esto les ha dado una oportunidad única de ejercer mayor autoridad y de gobernar por decreto”.

Por ejemplo, Nayib Bukele en El Salvador ha implementado un control severo para detener la propagación del virus pasando por encima del Congreso salvadoreño y de la Corte Suprema de Justicia, que declaró inconstitucional en junio la extensión de la cuarentena a través de decreto ejecutivo y las medidas que planteaban encerrar a los infractores en centros de detención para que estuvieran aislados dos semanas.

“Se están dejando de lado los órganos electorales y de elección popular, pero lo interesante es que en lugar de generarse un rechazo político y de la opinión pública a esto, hemos visto que los índices de aprobación de varios presidentes se han incrementado. No es que haya un rechazo o un sentimiento fervientemente democrático entre las personas, sino más bien hay una aceptación al hecho de que en época de crisis los mandatarios necesitan poderes extraordinarios”, afirma Guzmán.

“El problema yace en que una vez haya terminado la crisis, ¿habrá disposición de devolver ese poder extraordinariamente concedido?”, cuestiona.

Al poder excepcional de los gobiernos en pandemia se suma el de los cuerpos militares y policiales que cada vez ganan más espacio en la institucionalidad y han sido piezas clave en la represión del estallido social.

En Brasil, a la trayectoria militar del presidente Jair Bolsonaro se suma la de su vicepresidente, Hamilton Mourão, un general en retiro, mientras 10 de los 23 ministros han pasado alguna vez por un cuartel.

En México, Andrés Manuel López Obrador prometió en campaña devolver al Ejército a los cuarteles después del fracaso en la lucha contra el narcotráfico, pero ahora le ha entregado el control de las aduanas y los puertos, mientras los militares hacen presencia en gran parte de las calles del país.

En Colombia, la desconfianza hacia las fuerzas militares y policiales se desbordó la semana, después del asesinato de Javier Ordóñez a manos de la Policía de Bogotá. Más de 10 personas muertas fue el saldo de las protestas y los disparos de la Policía contra manifestantes, hecho que en este momento es materia de investigación.

Los casos de Bolivia y Chile son aún más complejos. En el primero, la presión de la Policía fue el detonante para que el expresidente Evo Morales saliera del poder, mientras que en Chile el presidente Sebastián Piñera aprovechó la pandemia para extender el estado de excepción que inicialmente fue impuesto para frenar el avance de las multitudinarias protestas de 2019 en contra de su Gobierno.

Ver también: Los expresidentes de Latinoamérica que perdieron su libertad en medio de conocidos casos judiciales

“No creo que estemos cerca de los regímenes militares de los 70 o los 80. Sin embargo, sí se ve lo que dice Transparencia Internacional: hay una erosión de la gobernabilidad democrática y vemos un mayor control del Ejecutivo sobre las demás ramas del Gobierno, una cooptación de las entidades de control y eso generalmente no termina bien”, asegura Guzmán.

“Es muy apresurado hablar de dictaduras y más cuando estos gobiernos gozan de la legitimidad de haber sido elegidos democráticamente”, añade.

¿El fin de los partidos?

La emergencia sanitaria se da en momentos en que líderes nacionales como Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia e Inácio Lula da Silva en Brasil han renunciado a nuevas aspiraciones políticas, mientras siguen en un afanoso intento por gobernar en cuerpo ajeno.

De acuerdo con Guzmán, “además de este intento de gobernar a través de terceros, la falta de partidos fuertes y su flexibilidad moral ha generado un resquebrajamiento del cuerpo político en donde es mucho más difícil para el elector ubicarse en el espectro a través de un partido y mucho más fácil a través de un individuo”.

Mientras tanto, Mauricio Álvarez, politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, afirma que “debido a la desigualdad y los problemas sociales, la discusión sobre la representación política no se lleva a términos clásicos sobre los partidos políticos, sino a la incapacidad del sistema para responder a las demandas sociales, mientras se criminaliza al que piensa diferente y al que protesta”.

“Los partidos pueden seguir existiendo, pero eso no quiere decir que haya democracia, porque la gente no se siente representada y es lo que vemos con el avance de los movimientos indígenas y feministas”.

Para este especialista en política latinoamericana, otro de los temas que no se puede dejar de lado al momento de analizar cómo se ha erosionado el discurso democrático en la región es la cercanía a discursos religiosos en países como Brasil y Argentina (especialmente en contra del enfoque de género), así como en Bolivia, donde la actual mandataria, Jeanine Áñez, aseguró que “la Biblia volvía a Palacio” el día de su posesión, en un país donde la evangelización de las comunidades indígenas causó graves consecuencias sociales.

“¿El que polariza reina? Depende mucho del sistema electoral, porque si es un sistema a dos rondas, el que polariza reina porque atañe a los extremos. Pero si es un sistema a una ronda, como el de México, se necesita desde muy temprano hacer consensos para lograr una mayoría de los votantes. El diseño democrático de dos vueltas que supuestamente iba a dar más legitimidad al presidente electo está siendo una de las mayores causas de la polarización en este momentos”, dice Guzmán.

En una región que goza de gran abstencionismo electoral -aunque según el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral, el voto obligatorio resulta en un mayor número de votos inválidos y en blanco-, la excesiva politización de la pandemia ha sacado a flote aún más las inmensas necesidades con las que viven las personas y el pesimismo democrático.

“La gente busca salidas populistas y el populismo, sea de derecha o de izquierda, promete grandes soluciones, fáciles y medidas inmediatas, cosas que por diseño la democracia no puede otorgar porque construye sobre lo que ha sucedido anteriormente. Esa es la gran diferencia con el autoritarismo”, concluye Guzmán.

*Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.

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