Cerca de 149.000 extranjeros buscan refugio en Brasil
Más de 10.000 de las personas que buscan dicho estatus viven en el país. ACNUR indica que la cifra se ha duplicado en un año.
Sao Paulo
Por: Joana Oliveira
“Me siento en casa en Brasil porque aquí tengo amigos que son mi segunda familia”, dice Prudence Kalambay, una mujer de 37 años, alta y con ojos muy vivos. Natural de la República Democrática del Congo, ella es una de las más de 10.000 refugiadas actualmente reconocidas en Brasil, de acuerdo con el informe publicado este martes por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
El documento indica que en un año, se duplicó el número de extranjeros que tienen o buscan refugio o protección en el país latinoamericano.
A la cifra de los que ya lograron el refugio, se suman las 85.746 personas que todavía esperan una decisión y los extranjeros que recibieron otro tipo de protección (en el caso de Brasil, un permiso temporal de residencia), llegando al total de 148.645 individuos en 2017, un incremento del 118% con respecto al año anterior.
El domingo pasado, con un turbante africano en la cabeza y pendientes y bufanda con motivos verde y amarillo Prudence celebra el estreno de Brasil en el Mundial de Fútbol de Rusia. Al mismo tiempo ella recordaba cómo llegó a ser parte de la mencionada estadística.
En su país natal era responsable de una ONG que atendía a niñas que se quedaban embarazadas en la adolescencia y también trabajaba para el Gobierno congoleño. Después de que denunciara irregularidades políticas, pasó a sufrir persecución. “No tuve opción sino irme”, recuerda.
Hoy, como refugiada, sigue denunciando los problemas de su país, en charlas universitarias y debates. El reclutamiento de niños soldado sigue siendo una dura realidad en su país, cuyos índices de desarrollo humano son de los peores del mundo. “Tenemos que dar voz y visibilidad a lo que ocurre allá”, afirma la Prudence.
Su primer destino fue Angola, a donde viajó en 2005 con su primera hija, entonces de cuatro años.
“El refugiado no elige el país adonde va a ir. Mi prioridad era dejar el Congo y en aquel momento, era más fácil irme a un país vecino. No sabía que iba a venir a Brasil. Mi plan era quedarme allá, pero no fue posible”.
Allá aprendió el portugués y conoció al hombre que le ayudó a cruzar el Atlántico, dos años y medio después. Él se convirtió en el padre de sus hijos más pequeños, de 10, 7, 5 y 3 años, nacidos en Brasil.
Aunque Brasil tiene una fuerte influencia de la cultura africana, Prudence cuenta que no fue fácil adaptarse al país suramericano. “La comida es la misma”, dice, “pero la manera de hacerla es diferente”.
Las costumbres sociales, sobre todo, son otras. “En el Congo hay una cultura muy patriarcal, es el hombre quien manda, la mujer solo acata sus órdenes. Y si reclamas tus derechos, te ven como una mujer desobediente”, lamenta.
El racismo, una mancha histórica en la sociedad brasileña, fue otro obstáculo. “Soy una mujer negra, 100% africana y refugiada. Sufrí mucho prejuicio por eso y pasé malos ratos”, afirma.
Al cabo de unos años, Prudence logró por fin construir una red de amistades y pasó a ver “las cosas buenas que Brasil puede ofrecer”. Hoy, el país es su casa. Su único lamento es que no ha vuelto a ver a sus padres, que se quedaron en el Congo.
Sus hermanos, según cuenta, están “esparcidos” por el mundo. “Es muy triste. Naces en un país, vives con tus padres, tus hermanos y, de repente, un día te das cuenta de que cada uno está en un lado del mundo. En Francia, Canadá, Estados Unidos…”.
Como ninguno tiene condiciones de costearse los viajes, echan mano de los teléfonos y las redes sociales para mantener comunicación. “Mi gran lucha hoy es traer a mi madre a Brasil”, sueña Prudence.
De las calles a las pasarelas
João Antonio Ngambuela, que prefiere ser llamado por su nombre artístico, Maycon Clinton, angoleño de 28 años, tampoco pretendía dejar solos a su padres en Luanda. Una deuda familiar que resultó en amenazas de muerte le obligó a solicitar refugio en Brasil.
Llegó hace diez años a São Paulo y fue acogido en una casa de inmigrantes. Dos semanas después, le echaron a la calle y, como no tenía dinero, las aceras de la Paulista, la avenida que es el corazón de la ciudad, se convirtieron en su nueva dirección.
“Empecé a trabajar con lo que surgía. Fui camarero en bares, cobraba BRL 40 al día (poco menos de USD 10). Yo creía entonces, que era mucho dinero, pero en realidad no daba para nada”, recuerda.
Todo cambió cuando se le cruzó un día un famoso director de televisión, que se fijó en su mirada firme y en los bellos trazos de su rostro. Trabajó como extra en algunas producciones, hizo participaciones en telenovelas y empezó una carrera como modelo.
En 2013, creó su propia productora de moda y actualmente da clases de modelo a 350 alumnos y alumnas, muchos de ellos inmigrantes y refugiados.
“Hoy, Brasil es mi segundo hogar y no tengo intención de irme. Fueron los brasileños quienes me ayudaron a salir de la calle y a construir una vida digna aquí”, afirma.
