Santiago Serna Duque
28 Noviembre 2017•Actualizar: 29 Noviembre 2017
El fútbol nació en Inglaterra como un ejercicio racionalista, un deporte de blancos, atravesado por la técnica, en el que la pelota no se manchaba. Los ricos del Reino Unido crearon al fútbol como un deporte cartesiano, odioso, que cruzó el océano Atlántico -a finales del siglo XIX-, para encallar en las playas de Brasil, donde se alejó de la técnica y adoptó las características de la corporalidad carioca.
Ahí, en los puertos sudamericanos, el fútbol se olvidó de sus procedimientos calculados y se empapó del baile, la ‘ginga’ (malicia) y la improvisación de los esclavos negros portugueses que clandestinamente lo llevaron a ser una disciplina tan estética como universal.
Los brasileños vieron en el fútbol un medio de superación que en pocos años convirtió a los niños pobres de las favelas en Peles, Zicos, Garrinchas y Ronaldos; una nación con cinco copas del mundo y el jugador más caro de la historia, y una región que hace un año enterró a 71 personas que viajaban en el vuelo 2933 de LaMia.
El 28 de noviembre de 2016, un avión que transportaba al humilde equipo de fútbol Chapeconense -finalista de la Copa Suramericana del mismo año- se precipitó a tierra y protagonizó la mayor tragedia aérea en la historia de este deporte.
Al accidente sobrevivieron tres jugadores: Hélio Neto, Alan Ruschel y Jackson Follmann, el arquero. Este último sufrió la amputación de su pierna derecha, una cirugía de tórax e intervenciones craneales.
Doce meses después del fatal incidente en las montañas de Antioquia (Colombia), Follmann habló de su recuperación -y del duelo- como una prueba divina que, de acuerdo con sus palabras, está dispuesto a superar para regresar a las canchas con la selección paralímpica de Brasil.
"Sé de la importancia y del ejemplo que soy para las personas. Veo que con una pierna consigo llegar más lejos que con las dos. En casa se iba a pensar si iba a salir bien o no. Lo intenté y me sentí bien, para nuestro asombro. La amputación solo sacó mi pierna, más nada. Hago muchas cosas, me desafío todos los días y veo que la complicación solo está en la cabeza", indicó Folleman al diario Globo Esporte de Brasil.
Se puede decir que en el fútbol existe un ‘optimista del gol’ (Martín Palermo), y ahora un optimista del arco, Jackson Follmann. Sí, él es precisamente eso, un optimista, un terco que a fuerza de tesón volvió para revolcarse en la grama y romper con el rigor de las fisioterapias que hoy en día le dan la posibilidad de ponerse los guantes.
Para Follemann, renunciar no es una opción y así lo ratifica cada vez que le habla a la prensa: "con una pierna, voy más lejos que con dos y es una gran emoción. Me alegro de volver al césped, recordar un poco el tiempo que se pasó tan rápido. La nostalgia es grande, pero es buena. Creo que estoy en el camino correcto. Si entreno un poquito más, creo que puedo volver con la octava o la novena (división)”, concluyó Follemann en tono irónico para burlarse del accidente que le cambió la vida.