
El tranquilo fin de semana en Líbano llegó a una pausa abrupta luego de la noticia de la renuncia del primer ministro, Saad Hariri, quien sorprendió a todos, incluyendo a sus ayudantes más cercanos y aliados, durante una audiencia televisada desde la capital saudita, Riad, en la que anunció que dejaría su cargo como primer ministro, sellando el destino de su gabinete.
Aunque inesperado, tanto por su cronología como por la manera en la que se dio, la renuncia de Hariri era inevitable debido a la secuencia de eventos regionales y las continuas tensiones Irán-Arabia Saudita, las cuales pusieron a Hariri entre el yunque saudí y el martillo de Hezbolá.
Prácticamente su renuncia puso fin a una extraña transacción, la cual llevó a Michel Aoun, aliado de Irán y Siria, a la presidencia, y a cambio Hariri recibió aprobación unánime para formar un gobierno de unidad nacional. Esto puso fin a un bucle político que había iniciado durante el gobierno del expresidente Michael Suleiman.
Muchos de quienes se opusieron a este arreglo 'faustiano' lo vieron como una moción a favor de Irán y sus aliados locales, quienes inteligentemente aprovecharon el abandono regional de Hariri, cuya posición hacia Arabia Saudita y su príncipe heredero, Mohammed bin Salman, era difícil en el mejor de los casos.
Al incluir a Hezbolá en su gabinete, Hariri ofreció protección a una organización acusada de causar inestabilidad en la región y que también estuvo involucrada en el asesinato de su padre, el expresidente Rafik Hariri.
Creyendo ingenuamente que abrir la puerta al proxy iraní en el Líbano, Hezbolá, ayudaría a mermar su influencia en la región, Hariri terminó siendo el violinista de Aoun y de su yerno, el ministro de Relaciones Exteriores, Gebran Bassil, quien trabajó para defender a Hezbolá y ofrecer pretextos para su interferencia en Siria y más allá.
A pesar de esta realidad, Hariri no cuestionó las intenciones de sus nuevos aliados y prefirió adoptar una táctica de avestruz, ignorando estas diferencias para enfocarse mejor en la economía y proyectos de desarrollo.
Un año después del inicio de la colaboración entre Hariri y Aoun, junto a su falta de voluntad para oponerse a Hezbolá, Arabia Saudita, con el príncipe Mohammed bin Salman a la cabeza, decidió que esta “relación incestuosa” tenía que finalizar.
En consecuencia, el príncipe envió a Thamer Al-Sabhan, el ministro de Estado saudita, para la región del Golfo, quien exploró el entorno político antes de enviar una serie de tuits agresivos en los que atacaba a Hezbolá y advertía a los libaneses las consecuencias de permitir a Hezbolá usar el gobierno libanés como plataforma para lograr sus objetivos.
Las crudas advertencias de Arabia Saudita sirvieron como un fuerte recordatorio a amigos antes que enemigos que no permitirían transgresiones físicas ni morales, ya sea mediante los discursos invasivos del secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, o mediante el entrenamiento y apoyo a los hutíes en Yemen.
Sobre todo, el objetivo principal de Sabhan era “sacar a relucir a Hariri” y recordarle que Aoun había fallado, de manera abismal, en cumplir las promesas hechas en su discurso de inauguración en el cual prometió la neutralidad absoluta del Líbano en el conflicto sectario regional.
Mientras muchos aún se preguntan cuál habrá sido el verdadero motivo para la renuncia de Hariri, llegando a pensar que el discurso de renuncia se dio mientras le apuntaban con un arma, la realidad está en lo obvio.
Un día antes de enviar su renuncia, Hariri recibió a Ali Akbar Velayati, consejero senior del líder supremo de Irán, quien estaba en Beirut para asistir a la Conferencia Internacional de Académicos de la Resistencia.
Esta conferencia es una de las muchas que usa Irán para difundir su mensaje antisaudí y antioccidental.
Tras finalizar su reunión, Velayati recordó a Hariri que “Irán protege la estabilidad del Líbano y su gobierno y apoya su independencia”.
Esta declaración, a primera vista ordinaria, fue el golpe de gracia que llevó al acto final en la obra de teatro en la que Hariri terminó metido como víctima y como héroe dramático.
Luego, durante su vuelo de 3 horas a Riad, Hariri se pudo haber dado cuenta que recibió más de lo que había esperado, cuando eligió a Aoun como su aliado, y que el año que pasó evadiendo temas espinosos y promoviendo la unidad nacional fue una farsa a la cual Irán le sacó provecho.
Por lo tanto, la renuncia de Hariri fue una estrategia para escaparse de la arena movediza política en la que se hundía lentamente, una que, con el paso del tiempo, lo convirtió más en un colaborador de Irán que de sus aliados sauditas.
En todo caso, hay quienes buscan descartar los eventos mencionados y creer en el escenario de la teoría de conspiración, en el cual la renuncia de Hariri es vista como un acto de matoneo por parte de una Arabia Saudita molesta. No obstante, esta gente está ignorando un capítulo importante de una narrativa más extensa que se dará a conocer en los siguientes meses.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.
*Ahmed Fawzi Mostefai contribuyó con la redacción de esta nota.