Análisis

Coronavirus revela la fragilidad de Occidente

El investigador francés Francois Burgat critica la respuesta de su país frente a la pandemia del COVID-19 y asegura que la crisis necesita una respuesta universal.

Felix Nkambeh Tih   | 01.04.2020
Coronavirus revela la fragilidad de Occidente Imagen de los Campos Elíseos tras en encierro obligatorio debido a la pandemia de coronavirus (COVID-19) en París, Francia, el 21 de marzo de 2020. (Julien Mattia - Agencia Anadolu) ( Julien Mattia - AA )

Ankara

Por: Francois Burgat

Sabemos desde hace mucho tiempo que las dificultades son una buena manera de demostrar las fortalezas y debilidades, la grandeza y la bajeza de los individuos o de las sociedades que las enfrentan.

No es sorprendente que el brote de la enfermedad COVID-19 lo revelara también en Francia, entre las elites políticas y la sociedad en general, en presencia de héroes brillantes e inclinaciones nobles... pero también, inevitablemente, de algunas realidades menos amables.

Tal vez lo más cuestionable de lo que ha hecho el Gobierno francés es haber optado por negar la escasez de medios de protección en el país, como las mascarillas que usan los especialistas de la salud, que lógicamente son consecuencia del debilitamiento del sector de los hospitales públicos. Pero se esconden detrás de esto bajo falsas justificaciones como la expresada oficialmente por el portavoz del gobierno de que los conciudadanos franceses no saben cómo usarlas correctamente.

Fundamentalmente, la dimensión mundial de la crisis ha recordado a las élites políticas la universalidad del desafío que impone este virus y, por lo tanto, de los métodos capaces de responder a él. París, que al principio se burló con una condescendencia muy orientalista de los métodos implementados por China, irónicos por su incompatibilidad con una sociedad democrática, tuvo que admitir rápidamente su culpa.

Esta es, quizás, la primera gran lección de este excepcional episodio: la confesión de la fragilidad que tiene Occidente, y esto le enseña una gran lección al planeta.

No es de extrañar que la sociedad francesa también haya mostrado sus dos caras. En las cadenas de abastecimiento, demasiados ciudadanos apilaron productos alimenticios desproporcionado a sus necesidades, por lo que fuimos testigos de escenas de un extraño comportamiento anticívico. Además, entre algunos comerciantes sin escrúpulos, se vendieron tapabocas en un especie de mercado negro.

Gracias a una explosión de iniciativas, sobre todo digitales, la sociedad francesa también ha demostrado una asombrosa inventiva en la restauración del vínculo social que ha sido socavado por el distanciamiento. Francia pudo demostrar su gratitud hacia los especialistas de la salud.

No es de extrañar que la crisis haya revelado y exacerbado sobre todo las disparidades sociales y políticas que afectan peligrosamente a la convivencia de los franceses: entre las clases medias que pueden limitarse a trabajar desde su casa y las que tienen que estar físicamente presentes en la calle, lo que las expone a elevados riesgos de contaminación; y entre los propietarios de casas de vacaciones que pasan horas en el campo con olor a campo y vacaciones y los que, en apartamentos estrechos y superpoblados, se enfrentan a un confinamiento infinitamente más angustioso y a un mayor riesgo de sanciones de todo tipo.

Así pues, ha empeorado la situación en los suburbios, los barrios con un hábitat denso, que ha limitado las facilidades culturales y sanitarias que Francia reservaba a los migrantes africanos. Por ejemplo, en el suburbio parisino de Saint-Denis, donde reside una gran proporción de los descendientes de migrantes musulmanes del África septentrional o subsahariana deben pagar más del 10% del importe nacional de las multas por infracciones de las normas de confinamiento.

Los partidarios de la extrema derecha olvidan que si los hospitales de los suburbios están sobrecargados, se debe a la falta de más hospitales, y no a la religión o al comportamiento que profesan sus habitantes. Al igual que los votantes de Trump, la sociedad francesa se ha ensimismado aún más en sus problemas particulares, en detrimento de las dolorosas penurias y necesidades del resto de la sociedad.

Francia, la cuna de los derechos humanos, por fortuna ha decidido enfrentar un mal capaz de matar entre el 2% y el 3% de sus ciudadanos. Pero el país sigue permitiendo los ataques con bombas de los regímenes de Rusia y Siria sirio sobre la población de la provincia de Idlib, al noroeste de Siria; bombas que matan al 100% a mujeres y niños al ser lanzadas de manera indiscriminada.


*La escritora es investigadora del Instituto de Investigación y Estudios sobre el Mundo Árabe y Musulmán, situado en Aix-en-Provence (Francia).

* Las opiniones expresadas en este artículo son propiedad del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.

*José Ricardo Báez G. contribuyó con la redacción de este artículo de opinión.

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