Por: Deniz Ünsal*
Aunque 2020 definitivamente será recordado como un año difícil y sin precedentes, la legendaria victoria de Azerbaiyán sobre Armenia en el Alto Karabaj no se vio ensombrecida por la pandemia de la COVID-19. En general, el Acuerdo de cese al fuego del Alto Karabaj no es solo un acuerdo fronterizo ordinario, sino que pasará a la historia como una manifestación de la realidad de que incluso los “conflictos congelados” más complicados pueden resolverse mediante la diplomacia y/o el uso de la fuerza militar.
Sin embargo, hay una serie de actores que han subestimado el arreglo pacífico del conflicto del Alto Karabaj y tienen como objetivo minimizar la superioridad tecnológica de Azerbaiyán, ignorando que la inclusión de Turquía implicó un “cambio de juego” en el conflicto.
Desafortunadamente, la Unión Europea (UE) es uno de ellos. Por ejemplo, las recientes declaraciones del máximo diplomático de la UE, Josep Borrell, sobre la posibilidad del despliegue de tropas de la UE en la región demuestran cómo la Unión carece de una política racional.
Habiendo quedado perplejo por los engaños de décadas que emanaron de las afirmaciones armenias, Borrell indicó que la UE no desplegará tropas en el terreno y no hará lo que hizo Turquía. En realidad, la actitud de Borrell no pudo ocultar el alejamiento de la UE de sus objetivos a largo plazo que apuntan a consolidar la posición de la UE como un actor creíble y con visión de futuro.
Con el debido respeto, incluso si la reticencia de la UE a intervenir en un conflicto en el sur del Cáucaso puede entenderse bajo su diligencia para seguir siendo un poder blando global, los comentarios de Borrell sobre Turquía son inaceptables.
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Después de estos comentarios, la resolución 1597 adoptada por la Cámara de Representantes belga en Alto Karabaj el 18 de diciembre también ha demostrado una estrecha visión de la política belga, aparentemente causada por narrativas armenias unilaterales. Mientras tanto, la referencia del Parlamento belga sobre los acontecimientos de 1915 constituye una clara semejanza con las declaraciones infundadas del primer ministro armenio Nikol Pashinyan, en las que alega que las operaciones turco-azerbaiyanas en el Alto Karabaj eran una continuación del denominado “genocidio armenio”.
Es triste observar que muchos parlamentarios belgas prestan tanta atención a un primer ministro derrotado, que está siendo fuertemente criticado incluso por su propia gente. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Turquía declaró que la Cámara de Representantes belga ha sido tomada como rehén por “intereses estrechos que atienden a la política nacional”.
El analista político Ali Bakeer opina que “el resultado del conflicto y la constante posición política turca en su apoyo a Azerbaiyán, sin mencionar el papel de los drones fabricados en Ankara, muestran que Turquía se está fortaleciendo en el Cáucaso”. El enfoque de Bakeer es bastante plausible porque las contribuciones de Turquía al arreglo del conflicto del Alto Karabaj son variadas. Principalmente, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, resumió el orden político recién establecido en la región: “Karabaj ya no es un conflicto congelado, ahora significa una victoria gloriosa”.
Al evaluar los logros de Turquía en la región, en primer lugar se debe elogiar la decisión y la formulación racional de políticas de Azerbaiyán bajo la administración del presidente Ilham Aliyev. A diferencia de Ereván, Bakú tiene un conocimiento completo de la naturaleza de los conflictos posteriores a la Guerra Fría.
Recordando el informe “Joint Vision 2020” (2000) del Pentágono, las guerras en el siglo XXI han sido vistas durante mucho tiempo como “guerras centradas en redes” por Estados Unidos. Según este informe, la estrategia militar estadounidense debe basarse en el “dominio de espectro completo” en el espacio, alta mar, aire y tecnologías de la información.
Aparentemente, Azerbaiyán ha tenido una cierta percepción de estas expectativas. La Dra. Can Kasapoglu, del grupo de expertos EDAM, de Estambul, cree que, además de diversificar su arsenal militar, Azerbaiyán también mejoró su doctrina militar y sus conocimientos sobre ciencia militar.
Además, las crecientes tendencias de dronización turca en las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán mostraron la vulnerabilidad de la guerra tradicional, según Kasapoglu. Estas tendencias se resumen como una transferencia de una doctrina completa de guerra robótica y un concepto de operaciones a Azerbaiyán. Por lo tanto, no sorprende que el lado que utilizó a los terroristas del PKK y sus afiliados regionales en el frente, es decir, Armenia, perdiera la guerra.
Esta guerra, una vez más, demostró que basarse en el terrorismo no puede ser una opción para un Estado independiente. Ahora, gracias a las aspiraciones turcas de consolidar las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán, “Karabaj ya no es un conflicto congelado”.
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En su reconocido libro "De la Guerra", el teórico de la guerra alemán Carl von Clausewitz afirma que “la guerra es simplemente la continuación del intercambio político con la adición de otros medios”.
Aunque sus argumentos centrados en el Estado se han opuesto y han demostrado ser incorrectos varias veces, siguen siendo válidos en muchos casos. En el ejemplo de Karabaj, el presidente Aliyev opinaba que la paz solo se podía lograr poniendo fin a la ocupación armenia y no se podía garantizar sin Turquía.
Bajo estos principios, la posibilidad de una intervención militar estaba seguramente sobre la mesa y se consideró como el último recurso para recuperar los territorios ocupados de Azerbaiyán. Así, la determinación de Azerbaiyán y Turquía de realizar operaciones militares en la región, una vez más, demostró el paradigma clausewitziano. Estos dos países continuaron insistiendo en una solución pacífica y respetuosa de la ley del conflicto -como requisito político previo- mientras se desarrollaban con éxito las operaciones militares sobre el terreno. Finalmente, el uso de Azerbaiyán de su derecho a la legítima defensa complementó sus objetivos políticos y diplomáticos.
Recientemente, al salvaguardar los intereses del dúo greco-grecochipriota, la UE ha mostrado moderación al pedir la seguridad de las “fronteras europeas”. La actual crisis de refugiados entre Turquía y Grecia es un claro ejemplo de ello. Es evidente que la UE se enfrenta a un grave dilema, que subraya, por un lado, sus prioridades como el mantenimiento de la seguridad europea y la protección de las “fronteras europeas” y, por otro lado, evitar una participación directa en la preservación de la paz en una región tan crítica y dominada por actores europeos no miembros de la UE.
Mientras tanto, restar importancia y criticar o condenar los logros de Turquía en el Alto Karabaj sin duda profundizará este dilema.
Antes del acuerdo, la UE promovió tácitamente la inconclusión y la ambivalencia en el Alto Karabaj al hacerse la de la vista gorda ante la brutalidad armenia en los territorios ocupados de Azerbaiyán. Sin embargo, en ausencia de una voluntad común con respecto al conflicto del Alto Karabaj entre los Estados miembros de la UE, la política de neutralidad activa de la UE a favor de la “diplomacia de aplazamiento" armenia ha fracasado.
La actitud apaciguadora de la UE hacia la conocida mentalidad ofensiva de Armenia, que una vez más se solidificó con la desafortunada resolución del Parlamento belga, es aún más desconcertante. En general, la UE no mostró ninguna intención de gestionar el conflicto del Alto Karabaj de manera adecuada y decisiva. Ahora, la Unión se presenta simplemente como un “observador pasivo”.
La última declaración del máximo diplomático de la UE es una manifestación de esta consecuencia: el liderazgo de la UE está aparentemente comprometido a seguir siendo un observador pasivo.
En vista de estas circunstancias, es evidente la necesidad de una política comunitaria actualizada. En primer lugar, hay razones convincentes para que la UE opine que Turquía es un elemento indiscutible que cambia las reglas del juego y que negocia la paz en este conflicto.
En segundo lugar, también hay razones convincentes para que la UE crea que las decisiones de Turquía han cambiado el “juego” a favor de los intereses europeos y occidentales al crear un contrapeso a Rusia con Azerbaiyán. En tercer lugar, Turquía tiene buenas relaciones de vecindad y multifacéticas con los países de la región.
En una atmósfera política en la que la UE está preocupada por el resurgimiento ruso y donde Turquía acoge con satisfacción las políticas de la Unión para construir asociaciones con los países del Cáucaso, la UE debería actualizar su nefasta postura hacia Turquía. A menos que la Unión cambie su retórica sobre Turquía y sobre la presencia militar turca, lograr hacerle un contrapeso al dominio ruso en el sur del Cáucaso seguirá siendo una esperanza desesperada.
**Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.
* El autor es alumno del Trinity College Dublin, especializado en Master of Laws (LL.M.) en Derecho Internacional y Comparado. Sus principales áreas de enfoque son las relaciones Turquía-UE, el Mediterráneo oriental y los debates contemporáneos sobre la política exterior turca. Tiene un interés especial en el derecho internacional público, el derecho de la UE y los desarrollos jurídico-políticos de la era tardía otomana.
*Daniela Mendoza contribuyó con la redacción de esta nota.
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